Este texto nace de una conversación con Tania, psicóloga, recordando nuestros años de trabajo en al ámbito de protección a la infancia. Tania ha trabajado más de 10 años en este ámbito, estando los últimos 7 años en el Servicio especializado de atención a la infancia y la familia en la isla de Tenerife. Cada hogar de acogida cuenta con el apoyo de un equipo de psicólogo/a y trabajador/a social para realizar el trabajo terapéutico y la intervención sociofamiliar con los menores y sus familias. En cambio, yo he trabajado como educadora en hogares de acogida durante más de 6 años. Juntas hemos creado este texto que es un compendio de sentimientos, anécdotas y vivencias, tanto de nuestra experiencia como la de nuestras compañeras y compañeros. Tania y yo no tenemos el gusto de conocernos personalmente y hemos trabajado en hogares de distintas zonas de España. Pero ¡cómo es esto de la intervención social que cuando empezamos a contar nuestra experiencia se nos despertaban los mismos sentimientos!.

Es precioso admirar como el sistema de protección a la infancia te enseña a poner en práctica todo lo que has aprendido de una forma natural. Podríamos decir, que cuando sales de cualquier carrera de intervención social eres un conjunto de conocimientos semiestructurados, miedos, ganas y voluntad. Quizá sea esto último lo que te lleva a iniciar el camino de la intervención directa como el que se tira al vacío desde un trampolín sin saber muy bien si lo amortiguará el agua o fracasará impactando contra el suelo. Normalmente, caemos más o menos bien en el agua y en unas pocas semanas aprendemos a nadar.

En este proceso de adecuación que sufre el profesional cuando llega al hogar de acogida, normalmente son ellos y ellas, los peques y no tan peques del hogar, quienes nos guían y nos ayudan a conocerles, acompañarles y quererles. Desde el primer día que te enseñan dónde están las cucharas, pasando por la noche que veis una película intentando que no se tiren las palomitas o el día que se enfadan y te lanzan los tranchetes a la cara porque no quieren merendar. Todos esos días aprendemos juntos. A mí me enseñan a esperar, a ver mas allá de la rabia, a devolverlo todo con amor. Me enseñan a saber el momento justo para dar ese abrazo que te hará no desmoronarte. Me enseñan a aguantar malos ratos, estrepitosas llamadas de atención e incluso a veces insultos. A saber que soy yo la piedra firme a la que se pueden agarrar, aunque estén en medio de una tempestad y la hayan castigado con la rabia de sus olas.

En definitiva, trabajar en un hogar de acogida es armarte de paciencia y valor. Es autocontrol y autocuidados (ya que sin ellos te vas a «quemar»). Es, sobre todo, tener muy presente que estás tratando con infancia vulnerable, abandonada, a veces maltratada, y debes entender su historia. Hay que trabajar mucho la empatía, de forma que llegues a entender su dolor, a sentirlo sin que llegue a desbordarte, sin que te paralice la pena.

Desde la pena es imposible actuar, por lo tanto se debe intervenir desde una empatía activadora. Rescatar y desarrollar su capacidad de cambio, construir y reconstruir con apoyo y amor su autoestima. Y sobre todo seguir ahí cuando todo esto se caiga en pedazos y haya que volver a levantarlo.

El siguiente texto fue un regalo de Tania a los peques valientes de los últimos hogares en los que trabajó. Lo leyó a todos/as ellos/as en su fiesta de despedida y resume en esencia lo que ha sentido durante esta etapa profesional trabajando con los niños y las niñas que residen en hogares de protección.

PEQUE VALIENTE

Peque valiente, que pasas tempestades. 
luchas contra dragones y libras batallas.
Tú, tan pequeño y tan frágil
pareces fuerte, eso has aprendido. 
Disimulas, tapas y huyes del dolor.

A veces creas bonitas y mágicas historias,
de esas que te dejan dormir, 
de esas que te dejan mirar al cielo y ver el futuro menos incierto.
Tú, peque valiente que abres las puertas de tu vida,
sin que precisen apenas tu opinión. 

Y ves todo gigante, abrumador, desde tus ojos
que dejaron de ser inocentes demasiado pronto.
Tú, peque valiente que maduras a ritmo estrepitoso,
que miras al sol y aún sonríes, me sonríes.
Cogieron tu alma y la estrujaron hasta volver gris tu organismo,
pero tú, peque valiente,
lates sin pausa por recobrar tu alegría.

Te miro y traspaso tus ojos pudiendo ver más allá del dolor
y me muestras tu corazón generosamente,
sin dobles sentidos, con pureza,
y es ahí donde me ves, donde te veo.
A veces tengo días donde todo está roto en mí,
y te veo, recordándome lo valiente que también soy,
hablando con mi niña, enseñándome a aprender de la adversidad.

No puedo calcular la cantidad de sufrimiento que te habita.
Tus alas están rasgadas, cansadas, pegajosas de tanto peso...
y aún las mueves, te alborotas, las agitas,
te agitas y agitas al mundo,
para que nos enteremos de que quieres volar,
para gritar tu hartera, tu desconsuelo
y tus ganas de vivir a veces disfrazadas de lo contrario.

He visto como cortas tu piel, como te arañas el alma,
para probar la miel de sentir que hay algo bajo tu control
y para que se enteren de una puta vez que quieres morirte
para dedicarte otra vida...
Maestro de vida que tanta verdad enseñas, 
gracias por tanta vida que aprendo a recibir.​

Sigue luchando peque valiente,
dejarás tus armas que te pesan para alzar el vuelo,
te curarás las heridas pintándolas de colores,
generando un nuevo lienzo con cicatrices hechas arte,
porque eso eres, un artesano de vida, un creador de futuro,
un mecánico del corazón. 

Peque valiente, que se olvida por momentos de su esencia amorosa,
aunque tus ojos no engañan,
en tus pequeños ojos aparece tu mirada, tu verdad,
y aprendes que tu verdad es hermosa,
que tu vida va más allá de tus experiencias,
que eres y serás a pesar de ti mismo/a.

Y es entonces, en ese encuentro entre tú y yo, entre yo y tú,
donde me convenzo de que los ángeles no están en el cielo.

Tania FT, psicologa Autora de Reburujina / Sara Educadora Social

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