Las mujeres nacidas en los años 40 y 50, son las que ahora tienen más de 65 años, ellas también sufrieron violencia de género, con una salvedad, era parte de su habitus, lo normal, lo que se ha hecho siempre, tradiciones y condicionantes de conducta. El habitus hace que personas de un entorno social homogéneo tiendan a compartir estilos de vida parecidos, pues sus recursos, estrategias y formas de evaluar el mundo son parecidas; es el conjunto de esquemas generativos a partir de los cuales los sujetos perciben el mundo y actúan en él.

Los privilegios intrínsecos de los hombres por el hecho de serlo, relegó a las mujeres a un segundo plano en el que se las describe dependientes, amables, sumisas, dulces, limpias y con unas capacidades para el cuidado y la limpieza que ellos no tenían: “a mí me dice mi mujer que no he nacido con la sensibilidad del orden y la limpieza” dice Juanjo de 68 años.

Son mujeres que no tuvieron una identidad propia: primero fueron hijas de…, después esposas de…, y más tarde madres de… Durante toda su educación les enseñaron a no quejarse, sonreír y servir a los varones de su familia, a ser cómplices y amables.

A estas generaciones e incluso a los y las nacidas en los 60 se les exigía para formar un matrimonio un “cursillo de formación religiosa” (no se aceptaba otra forma de tener pareja y convivir), impartido por un sacerdote célibe. No era una formación voluntaria y ponía las bases para tener un buen matrimonio, en el que la fidelidad y entrega están condicionadas por los mandatos de la religión y la importancia en el desempeño de las tareas de la casa y la atención al marido y los hijos. De estas formas de pareja, y los mandatos religiosos y sociales, nacen relaciones silenciosas de mujeres maltratadas pero invisibles. Mujeres que nunca supieron reconocer la violencia y que si lo comentaban con familiares o amigas se exponían a la humillación y culpabilización de su maltrato: “Todas lo hemos pasado”, “Tu no le enfades y así estará más tranquilo”, “Pero si tu marido es muy amable y encantador, se me hace difícil creerte”.

Según la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer 2019, el 9,22% de las mujeres víctimas de violencia de género no denunciaron a su agresor porque pensaban que ellas eran las culpables de la violencia sufrida. La invisibilidad del problema se centra fundamentalmente en las dificultades de detectar el número de casos reales, ya que hay que tener en cuenta que el porcentaje de denuncias se ve condicionado por diferentes       circunstancias que se detallan a continuación mediante la descripción de lo que se podría denominar el perfil de la mujer maltratada:

 ▪ Sentimientos de culpa y resignación: tanto su educación como su socialización ha sido restringida al ámbito del hogar, donde eran las responsables de la “armonía” y el “honor”.

 ▪ Indefensión aprendida: sufren de un maltrato extendido en el tiempo por lo que sienten que hagan lo que hagan no pueden resolver el problema.

 ▪ Creencias de falta de apoyo familiar: las personas de referencia de estas mujeres han justificado los malos tratos como parte de la personalidad masculina.

 ▪ Presión religiosa y valoración del matrimonio en su comunidad: el «vínculo sagrado del matrimonio”, indisoluble y con gran prestigio social era motivo suficiente para resignarse y sacrificarse en pro de la salvación eterna.

▪ Aislamiento, intimidación y celos: circunstancias muy comunes en mujeres de edad avanzada, dependientes, económica y emocionalmente de sus parejas.


La mayoría de las mujeres se sienten culpables o merecedoras de los tratos humillantes y vejatorios de sus parejas. Se sienten frustradas ante la disonancia cognitiva que se produce por el amor que ellas sienten y esperan de sus parejas y el dolor que les infringe ese amor, ellas esperan protección no daño. Sienten miedo y vergüenza a que se descubriera su forma de relación y a que sus hijos salieran perjudicados o se sintieran con el deber de proteger o el derecho de seguir maltratándolas. Algunas mujeres no denuncian a consecuencia de la desconfianza de los sistemas jurídicos y falta de información: cuando una conducta se siente como normal no habrá nada que denunciar, las mujeres mayores no identifican los indicadores de abuso o violencia y cuando los identifican los asumen y ocultan.

Para poder evitar esa situación es necesaria hacerla visible, ponerle nombre y tratarla como se debe. La violencia en las mujeres mayores es histórica y está normalizada. Tenemos una gran responsabilidad con nuestras madres y abuelas.

Mª Ángeles. Educadora Social en Distrito Hortaleza.

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