20 de abril de 2020, día 37 de confinamiento.

Ocho de la mañana, enciendo mi teléfono del trabajo como cada mañana, de repente recibo varios mensajes, son de ayer domingo:

 – Hola Lucía ¿qué tal? (21.56h)

– Ya Juan me ha quitado las llaves y dice mañana te vas a ir, pero dónde voy a ir, yo no conozco nadie aquí en España y llevo un año y medio en centro de menores y yo no he hecho nada solo salgo cuando quiero comprar comida nada más. (21.56h)

 – Por favor Lucía habla con él, no quiero estar en la calle y ya Lucía no puedo fumar tabaco más sabes que es Ramadan el día 24 ya no podemos ni fumar ni comer ni nada hasta la noche todos los días un mes. (22.03h)

 – Y yo no quiero dejar mi curso quiero aprender más muchas cosas. (23.15h)

Al parecer desde la pensión donde se aloja han recibido quejas de su comportamiento y según nos cuentan, la policía ha acompañado en varias ocasiones al joven por estar en la calle. En la pensión no quieren más problemas y quieren que se vaya.

Raúl, es un joven procedente de Marruecos, llegó a España con unos 16 años en patera. Comenzó su sueño europeo en un centro de protección específico. Lo de específico, lo descubrió al llegar, cuando vio que el resto de sus compañeros tenían una situación similar a la suya: eran menores de edad que habían emigrado solos en busca de una mejora en sus vidas y las de sus familias. Sí, Raúl es un MENA, es un mena porque carga en su espalda una mochila repleta de responsabilidad familiar, debe triunfar. Es un mena porque está solo, únicamente le acompañan sus sueños y el recuerdo de los suyos. Es un mena porque está lejos de su tierra, en un lugar donde no conoce el idioma. Y es un mena porque a menudo es tachado como uno de esos “delincuentes que vienen a hacer daño a nuestro país”.

Yo soy Lucía, tengo 30 años y soy educadora social. Llevo ejerciendo como tal unos 9 años, siempre en el sector de la infancia y adolescencia, gran parte en protección a la infancia hasta hace poco más de dos meses que empecé mi nuevo trabajo en un proyecto con personas sin hogar. Aquí es donde he conocido a Raúl, quien poco antes de que se decretara el estado de alarma cumplió la mayoría de edad y como debía abandonar el centro en el que se encontraba, fue a parar a un recurso para personas que no cuentan con un techo bajo el que cubrirse a dormir.  

Las horas de la mañana van pasando, valoramos que Raúl necesita una nueva oportunidad y rápidamente nos ponemos manos a la obra hasta que encontramos un nuevo alojamiento para él. Le llamo para darle la noticia y quedamos en vernos a las cuatro de la tarde en la nueva dirección.

Dos de la tarde, suena el teléfono, me informan de que la policía ha vuelto a encontrar al joven en la calle y lo ha llevado de regreso a la pensión, además le han encontrado estupefacientes: le van a denunciar. El proyecto en el que trabajo no permite la estancia de personas con consumo activo de estupefacientes. Raúl no puede seguir con nosotras.

De repente un montón de emociones invaden mi ser. Se me parte el alma pensando que Raúl se tendrá que ir a la calle, no me veo capaz de comunicárselo. Por suerte para mí, es mi compañera quien le llama y le da la noticia. Minutos más tarde suena mi teléfono: es él; respiro hondo y respondo. Al otro lado me encuentro a un niño de 18 años recién cumplidos, que en su limitado castellano me pregunta si ya no le voy a seguir ayudando; intento explicarle y que comprenda que no puedo, que no está en mis manos, que el hecho de que le hayan encontrado droga lo ha complicado todo. Él me dice: “lo siento”. Yo respondo: “más lo siento yo, créeme”. Le facilitamos una dirección de otro recurso para que vaya a solicitar ayuda allí.

Son más de las tres de la tarde, no tengo apetito. Intento usar el humor como estrategia para superar las emociones que me invaden, pero no se van. Me imagino en la piel de ese joven, sin nadie a quien recurrir. Hablo con mi familia, con mi pareja, con mis amistades. Necesito que alguien me comprenda o al menos que me escuchen, creo que es el peor día de mi vida en el trabajo. Siento que le he defraudado, me siento inútil como profesional, siento que todo esto es muy injusto, y a la vez me siento egoísta al querer ser comprendida por los míos, ¿qué clase de persona soy pidiendo comprensión cuando tengo un techo bajo el que dormir, un trabajo que me permite comer y tener algunas comodidades y gente que me quiere y me apoya? Trato de no darle muchas vueltas, pero el retrato de ese joven me invade los pensamientos. A ratos me tranquiliza pensar que le podrán ayudar en la dirección que le hemos dado.

Siete de la tarde, recibo una llamada del recurso al que Raúl ha acudido. Al otro lado del teléfono el trabajador social del proyecto, me pide que le cuente un poco sobre él porque apenas le entienden debido a la barrera idiomática y me adelanta que no tienen plazas, pasará a una lista de espera. A los quince minutos el teléfono vuelve a sonar, es Raúl, le han informado de que no hay plazas ¿qué puede hacer? Le pregunto por sus amistades (todos están en el centro de menores), si tiene alguien más a quién recurrir, él ha pensado en su profesora, le va a llamar en busca de la suerte. En el momento de colgar la llamada pienso: “no me gustaría ser esa profesora y recibir una llamada así”.

Me encuentro desesperada, no sé qué hacer. Intento colocar mis pensamientos y de pronto me viene a la cabeza la imagen de esa iglesia conocida por acoger a los más vulnerables. Es entonces cuando hago un recorrido por mis antiguos trabajos en entidades religiosas y me topo con la figura de un antiguo compañero, un gran educador. Decido pedirle ayuda, le pregunto si conoce algún recurso, se ofrece a hacer un par de llamadas para averiguar. Al rato, me da varios nombres de entidades y números de teléfono, aprovecho la conversación para desahogarme, y entre sus palabras de apoyo me dice “Don Bosco se habría quedado al lado de ese chico como estás haciendo tú”.

No me considero una persona religiosa, no tengo claras mis creencias pero he trabajado muchos años con entidades salesianas y considero a Don Bosco un referente en la pedagogía. Pero no me había dado cuenta hasta ahora, tras escuchar esa frase. Una muy buena sensación se apoderó de mí.

Hablo con una muy buena amiga educadora que hace algunos años trabajó en este campo, me da los datos que tiene, corto rápido la llamada ya que el tiempo está en mi contra. Contacto de nuevo a Raúl, su profesora no ha podido ayudarle. Le digo que estoy tratando de investigar. Cada vez que hablo con el joven me da las gracias y me dice que lo siente, yo termino la llamada deseándole SUERTE y le envío un mensaje con una dirección.

Son más de las ocho de la noche, mi turno de trabajo debería haber terminado y tengo que derivar mi teléfono a mi jefa, apuro el tiempo hasta casi las nueve y antes de hacerlo aviso a Raúl porque no podrá contactar conmigo hasta mañana.  

Apago el teléfono, intento desconectar. Algo o todo me lo impide.

Me escribe el compañero al que recurrí, me pregunta qué tal, le digo que no he podido hacer mucho más. Y una vez más me alienta con sus palabras: “Estaba pensando en una de tus frases de la conversación. Al final hay maneras de leer las cosas. No creo que haya sido uno de tus peores días de trabajo. Creo que son un ‘regalo’ los días como hoy”. Envuelta en mi pesimismo me cuesta entender sus palabras, le pido que me lo explique y su respuesta es: “Yo creo que el estar ahí para una persona que no tiene nada en ese momento es mágico. El que tú tengas en tus manos la posibilidad de ayudar lo mejor que puedas a esa persona es ‘la leche’. Bueno, yo lo veo así. No por el morbo, sino, por lo menos, desde que decides estudiar lo social piensas en casos así. Y aparecen. Y no solo por lo profesional, también por lo vital: tú como persona, el poder ayudar, que la otra persona se sienta querida cuando no tiene red de apoyos. Mañana pregúntale qué tal está y que sepa que puede contar contigo”

 En parte tiene razón, pero yo estoy enfada. Estoy enfadada conmigo misma y también con el sistema. Conmigo porque creo que no he solucionado nada, porque siento que le he defraudado. Con el sistema porque no me parece justo que protejamos a los niños y niñas para que automáticamente el día de su 18 cumpleaños les consideremos adultos y les pongamos con las maletas en la calle; porque yo no creo que Raúl sea un adulto, creo que sigue siendo un niño. Un niño que ha sufrido mucho, que está lejos de su familia a la que hace años que no ve, que es señalado por la sociedad y en muchos casos tachado de delincuente. Un niño que necesita tener alguien a su lado quien le pueda guiar en su camino.

Un niño de 18 años que necesita protección igual que todos aquellos niños y niñas de 18 años que tienen la suerte de poder vivir con sus familias hasta que se sientan capaces de emanciparse, lo cual muchas veces, no ocurre hasta pasada la treintena. Raúl, sin embargo, como otros tantos niños y niñas que pasan parte de su infancia tutelados por la administración, “debe” ser adulto, “debe” buscarse la vida, aunque eso implique que hoy tenga que dormir en la calle. En pleno estado de alarma.

La noche no resulta fácil para mí, me cuesta conciliar el sueño aunque al fin lo logro por unas horas.

Al día siguiente me despierto y lo primero que pienso es en que estoy en una cama, bajo unas sábanas y una manta, me siento agradecida por ello. Raúl vuelve a mi mente y el mensaje que me mando a mí misma es: “él es más fuerte que tú, ha vivido y sufrido más que tú, sabrá salir de esta”. Pero al tiempo me siento egoísta por pensar así.

Hoy es 22 de abril, han pasado dos días. Dos noches que Raúl ha estado en la calle. Seguimos hablando, tratando de buscar alguna alternativa. Apenas le conozco, pero cuando pienso en él, recuerdo a todos los niños y niñas que han pasado por mi vida en los seis años que trabajé en un centro de protección; recuerdo cuanto cariño necesitaban y recuerdo que también estuve ahí cuando cumplieron sus 18, aunque por suerte nunca se vieron en una situación como la de Raúl.

Dos días después he sido capaz de relatar esta historia, la termino con una sensación agradable, esperando que estas palabras sirvan como denuncia para que la historia de Raúl no se repita.

Nota: los nombres utilizados en el relato son ficticios, salvo el de Lucía, yo misma.

Lucía Educadora Social

1 thought on “Estado de alarma en la calle

  1. Muchas gracias por tu relato Lucía. Desde luego que urge una revisión integral del sistema de protección de menores y un cambio en la mentalidad global sobre la responsabilidad que asumen las profesionales de lo social.

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