Es viernes 8 de enero de 2021 y este fin de semana tengo turno. Ha nevado y a los/as profesionales que trabajamos con personas sin hogar, se nos encienden las alarmas: ¿Cómo habrán pasado la noche? ¿Superarán el duro fin de semana que se presenta? En esta ocasión solo trabajamos con un objetivo: que nadie muera de frío. Abrimos las puertas del albergue. Van llegando y les preguntamos cómo se las han apañado para pasar el día. La verdad que muchas veces te sorprende la capacidad de supervivencia y el ingenio que tienen para conseguir resguardarse de las inclemencias climáticas.

Trabajar en un albergue es duro porque te das cuenta del trato y dejadez de la propia Administración. Somos un recurso asistencialista, normalmente trabajamos con mínimos, con grandes profesionales pero con poco margen de maniobra y poco presupuesto. Entre todos nos las tenemos que ingeniar para intentar que nuestra población consiga llegar al albergue en un fin de semana de alerta por nevadas y bajas temperaturas.

Aunque parezca algo sencillo no lo es tanto. Lo ideal sería tener una previsión y recorrer las calles en busca de personas en peligro que puedan acudir a los albergues, incluso abrir nuevas plazas. Y no digo que no se haga, porque cada entidad se esfuerza en hacer todo lo que está en su mano, pero creo que esto es trabajo de la Administración. Por ejemplo, en nuestro albergue, es un chico voluntario de una asociación, dispuesto a colaborar, el que esa misma noche nos propone acudir a buscar a las personas que echemos en falta por los lugares donde suelen dormir. Es un gesto maravilloso y de agradecer, pero reconozco que en ese momento me da mucha rabia ¿es necesario que un chaval de unos 20 años tenga que hacer la labor que correspondería a las Administraciones?

El sábado por la mañana vuelven a saltar las alarmas. Aparece el cadáver de un hombre que creen que es una persona sin hogar. Este suele ser uno de los peores momentos de nuestro trabajo porque genera varios sentimientos encontrados en los que se desdibujan tus límites personales y profesionales. Aprietas los dientes y repites en tu cabeza: que no sea una de las nuestras, por favor… Y cinco minutos después, cuando te enteras que no lo es, que no es una de las personas que conoces y de la que tienes una imagen mental, sientes alivio. ¡Uf! suspiras. Te odias y avergüenzas a partes iguales. Piensas: ¡Joder! soy una profesional trabajando con personas sin hogar, deberían importarme por igual todas las personas.

Y me importan, lucharé y seguiré trabajando para que la saturación de los Servicios de atención de emergencia no se traduzca en muertes. Pero acepto que mi reacción no sea la misma. Esto es así porque nuestro trabajo es tremendamente humano, se mezclan emociones, sentimientos, creas relaciones diarias y es muy difícil, o por lo menos a mí me cuesta, desvincularme del todo de las personas con las que trabajo. Siempre estarán ahí, no sé si lo hago mal o bien, pero no sé hacerlo de otra forma.

Pasamos la noche del sábado con una calma tensa pero con las personas a las que alojábamos más o menos en buenas condiciones. Llegó el domingo, mi ultima noche de trabajo. Al final del turno me desmorono. Toda la tensión acumulada, la desorganización de los servicios, los pocos recursos que podíamos ofrecer a las personas que atendemos, lidiar y aceptar la idea de que había personas que preferían estar fuera que en el albergue… Ha sido un fin de semana duro, me voy con la sensación de no hacer todo lo que hubiésemos querido. NADIE debería haber pasado un fin de semana con este temporal tan fuerte en la calle. Pero, una vez más, la falta de planificación y el caos organizativo han hecho que la previsión del Ayuntamiento y de las distintas Administraciones se haya quedado en acciones que poner en los periódicos, pero sin impacto en la atención a las personas.

Han sido unos días de actuar a la deriva, implantar acciones sobre la marcha sin que fueran realmente efectivas e incluso dejando en manos de voluntarios y de la solidaridad de la gente las acciones que deberían haber cubierto las Administraciones. Como ejemplo destacar que nosotros no sabíamos: el metro se abrió para poder pasar la noche en las estaciones y se habilitaron plazas en pensiones, de haberlo sabido podríamos haber derivado a estas plazas a quienes preferían no estar en el albergue por miedo al contagio.

Esta es una pequeña parte de lo que yo he visto, os dejo el enlace al manifiesto que han firmado varias asociaciones, evaluando la ineficacia de las medidas tomadas: https://cutt.ly/IjPLRvz.

Las personas sin hogar no merecen este olvido, no merecen «parches», medidas de urgencia, acciones que sigan extendiendo su marginalidad y precariedad sin ninguna solución. Desde luego, la atención al sinhogarismo está quedando relegada a la emergencia cuando su verdadero objetivo es acabar con él, no perpetuarlo, porque si de aquí hay que sacar una idea es que nadie en este país se muere de frío. La gente se muere porque vive en la calle, se mueren porque no se les permite participar del Sistema de Bienestar, se mueren porque se les deja atrás.

Tamara Trabajadora Social

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