La lógica capacitista se configura como una mentalidad que lee a la persona con discapacidad como no igual, e incapaz tanto para el trabajo como para incluso cuidar de su propia vida y tomar sus propias decisiones como sujeto autónomo e independiente. Todo esto porque, culturalmente, se construyó un ideal de cuerpo funcional considerado normal para la especie humana. De este modo, aquellos que se desvían de la regla son vistos, consciente o inconscientemente, como «menos humanos».

El gran problema de este tipo de prejuicios es que son extremadamente furtivos, casi imperceptibles a simple vista. Viniendo, en su mayor parte, ocultos bajo un manto de «buenas intenciones» muy difícil de cuestionar. La mentalidad de que cualquier persona con discapacidad se encuentra en una situación de necesidad y no necesita ser cuestionada sobre sus propios deseos. Este desinterés por la vida «interior» de la persona con discapacidad tiene su raíz en el comportamiento social, debido a procesos históricos que enfrentaron la presencia del cuerpo fuera del patrón de la normalidad de varias maneras, pues a lo largo de la historia la sociedad ya ha enfrentado la discapacidad por algunos sesgos:

• Exterminio, que se explica por sí mismo; aislamiento, en el que los considerados físicamente incapaces son separados del cuerpo social “funcional”, etc.

• La biomédica que se refiere a la forma de ver el “problema” más cercano a nuestra generación, teniendo por base la medicalización. Es decir, tratar la discapacidad como un problema de salud, ya que ser o volverse una persona con discapacidad, según esta lógica, implica esencialmente la dinámica de tener una enfermedad, lesión o síndrome que debe ser tratado. Así, leemos a las personas con discapacidad como enfermas, hecho que termina por volcar en los sujetos el sentimiento de compulsión por buscar la cura o reversión del problema; lo que evidentemente no siempre será posible.

Ante la irreversibilidad de la discapacidad surgen dos estereotipos muy dañinos para quienes tienen que vivir a diario con limitaciones si quieren poder moverse por la vida social: el pobre y el héroe.

El «Pobre»

Quien mira a una persona con discapacidad viendo a una persona pobre, termina subestimando las capacidades del individuo, higienizando su comportamiento y creando imágenes de inocencia que no existen en ningún ser humano, tenga o no una discapacidad. Las personas con discapacidad no roban, no tienen sexo, no engañan, no mienten, son ángeles que necesitan que se conserve su «pureza». Este tipo de prejuicio provoca una dificultad única: tenemos que demostrar diariamente a quienes nos miran desde fuera que somos iguales y merecemos igualdad de trato, derechos y condiciones para ejercer nuestra dignidad.

Al deshumanizarnos, la sociedad se exime de mirarnos como partícipes, lo que acaba desembocando en el problema de la exclusión social. Aquí radica la diferencia no tan sutil entre inclusión y asistencia. Enfrentar a la persona con discapacidad como pobre conducirá casi siempre a políticas públicas y actitudes discriminatorias.

El asistencialismo separa a la población “problema” de la población “normal”, bajo el argumento de que esa porción necesita atención especializada, diferenciada y, por tanto, incompatible con las dinámicas comunes. Entonces, para remendar nuestra capacidad cotidiana, separamos dos cajeros en el supermercado, para aquellos que tienen “necesidades especiales”, cuando, en realidad, mi necesidad allí es la misma que cualquier otra persona: pagar mis compras. Entonces, para este ejemplo, en una sociedad mínimamente informada, empática y educada, cualquiera de las cajeros debería servir, porque lo que se necesita en esta situación es preferencia, no «especialización».  Cualquier sujeto podría dar su turno en la cola común a la siguiente persona que, por su condición física, no puede esperar tanto como la mayoría de la gente.

El «Héroe de la Superación»

De la discrepancia entre lo que me ofrece la sociedad y lo que tengo como limitación surge el estereotipo del héroe; un ejemplo de superación que, a pesar de todas las injusticias, obstáculos y problemas, es capaz de sostener una vida productiva e incluso sobresalir en alguna actividad. Con este mito creamos el cruel estigma que, subliminalmente, obliga a todas las personas con discapacidad a conformarnos con la idea de que el mundo no fue hecho para nosotros, que siempre necesitaremos retorcernos y hacer esfuerzos sobrehumanos para lograr el mismo resultado. que alguien sin una discapacidad podría hacerlo con sólo esforzarse lo suficiente.

No debería ser tan difícil entender que muchos de los problemas cotidianos de accesibilidad se solucionarían con un simple cambio de actitud de las personas en su vida colectiva. Obviamente, este cambio sólo sucedería después de que todos los ciudadanos estuvieran bien informados sobre lo que significa tener una discapacidad.

Pero, ¿cómo es realmente tener una discapacidad?

Hoy se propone superar esa forma de tratar la discapacidad desde el punto de vista de la medicalización, que es anticuada y nociva, para adoptar una mentalidad de inclusión que, frente al asistencialismo, pretende que, en la vida cotidiana, en los lugares públicos y en la vida cotidiana de las personas, todo está diseñado de tal manera que una persona sin discapacidad pasea por los mismos lugares que las personas con los más diversos tipos de discapacidad. La llamada universalización del acceso posibilita la convivencia y podría anular la impresión de que no hay personas con discapacidad y, por tanto, no es necesario adaptar los espacios. En otras palabras, una sociedad capaz subvierte la lógica de oferta/demanda a favor de mantener su cómodo conformismo. 

El dueño de un restaurante, por ejemplo, argumenta que no invierte en menús en braille porque no recibe clientes invidentes, cuando en realidad necesitaría tener este material de antemano, para que los clientes invidentes o con baja visión fueran “atraídos” a frecuentar su establecimiento. Así, terminamos cargando con la culpa de la falta de accesibilidad que nos impide movernos por la ciudad. Este es el peligro del capacitismo: al no poder asistir a lugares públicos, por la falta de accesibilidad, es lógico que nadie vea personas con discapacidad en estos lugares, lo que termina creando la ilusión de que estas personas no existen.

La discapacidad, no es mi médico quien determina, sino el comportamiento cultural. Mi médico me dice: Síndrome de Stüve Widmman, deformidad ósea. La sociedad, a su vez, por este diagnóstico, me obliga a quedarme en casa, porque hasta salir a la calle para ir a la panadería al final de la avenida es prácticamente imposible: pasos por todos lados, carros encima de las aceras, y personas que confunden a una persona con movilidad reducida con un bebé

Entonces lo esencial es entender que la discapacidad es una condición social que resulta de esta expectativa colectiva de que todos los cuerpos funcionen de la misma manera. Dentro de mi habitación, por ejemplo, ya no tengo ninguna discapacidad, porque adaptado y organizado como está, puedo tener el espacio sin privarme y sin depender de piernas o brazos de otras personas.

En una ciudad donde las calles estuvieran normalizadas, debidamente señalizadas y accesibles para la circulación universal, ya no sería una persona con discapacidad. Solo tendría una silla de ruedas, solo un aspecto particular de mí, una característica, como mi hermoso cabello morado.
Necesitamos entender que la discapacidad existe en los lugares que frecuentamos, en el diseño y las construcciones sin accesibilidad, en los proyectos que no salen del papel, “no en las personas”.

Maritha Marques

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