Os confieso que a lo largo de la semana he negado la posibilidad de confinamientos selectivos que se escuchaba más como una certeza que como un vago rumor. He negado la posibilidad de que Madrid se fuera a convertir en una ciudad abiertamente clasista, orgullosa de sus políticas sanitarias que garantizan el abandono absoluto de los barrios más pobres. Incluso he asegurado que esta medida rozaba la ilegalidad y los límites éticos, que estaba claro que en el siglo XXI teníamos unas líneas rojas establecidas sobre derechos sociales que ningún Gobierno iba a traspasar. Pero… ¿Qué os creéis que va ser esto? ¿Varsovia en 1940?

Bien. Pues el viernes me senté tranquilamente a comerme todas y cada una de mis palabras. No sabéis lo que puede costar comerse las palabras cuando tienes un nudo en el estomago. Cuando el enfado no te deja tragar. La cara de idiota que se te queda cuando recuerdas a esa ilusa que fuiste, con fe en la humanidad, que se le llenaba la boca con frases “grandilocuentes” sobre los derechos de los excluidos, los límites éticos y la defensa de los agentes sociales. Agentes sociales que iban a impedir poner en práctica estas políticas de criminalización de la pobreza. Esos héroes inexistentes, que en mi cabeza se iban a sentar a explicar a la Señora Presidenta, que no es posible y es del todo contraproducente hacer políticas de exclusión y marginalidad de unos muchos en favor de unos pocos.  No apareció ni un solo héroe.

Y es que Madrid está enferma, pero no solo de Covid. Llevamos varios años incubando una enfermedad que ha ido poco a poco instalándose silenciosa y escurridiza entre las instituciones, las políticas y los medios de comunicación, llegando a convertirse en una construcción social de la que todos estamos en mayor o menor medida afectados. Poco a poco se ha hecho un hueco en los discursos diarios, cada vez más visible imponiendo su voluntad, respondiendo con su lógica “facilona” a los fenómenos sociales que no tienen una explicación sencilla.  La aporofobia ha llegado para quedarse y hoy es dueña y señora de la política de la Comunidad de Madrid.

La aporofobia es un concepto acuñado por Adela Cortina que describe el miedo y rechazo hacia la pobreza y hacia las personas pobres. Es la animosidad, hostilidad y aversión a los barrios carenciados y a las personas que se encuentran en ellos generalmente excluidas, desamparadas y con pocos recursos.  La aporofobia deja de lado la causa multifactórica y circunstancial de la pobreza, centrándose en culpabilizar al pobre por serlo, y lo relaciona directamente con la delincuencia; como si ser pobre fuera una característica más de su identidad, una condición estática que desea la persona (¡El pobre vive como pobre y es delincuente porque le gusta serlo! ¡Esta gente es así, no van a cambiar!).

Desde este paradigma fóbico y altamente destructivo se entiende que los confinamientos estén centrados en barrios, donde la mayor parte de la población aglutina todas las características del pobre común: rentas bajas, bajos servicios, abandono institucional y una exclusión flagrante a todos los niveles, que hace que esa situación circunstancial de pobreza se cronifique y se haga imposible de superar. Antes de la pandemia ya era difícil vivir con estas realidades, pero durante ella se ha hecho aún más complicado, porque, aunque los medios quieran vendernos que el virus es la encarnación de la justicia poética y que afecta a todo el mundo por igual es mentira.  Los barrios pobres están mas afectados por el virus.

Lo que también es mentira es que en estos barrios la gente viva hacinada porque son salvajes, les gusta estar pegados o como decía una iluminada: “es la forma de vida de los inmigrantes”. Afirmación bastante faltona, pero no superable a otra frase magnifica que he oído por ahí: “prefieren gastarse el dinero en cerveza”. BOOOOM ¿Cómo se te queda el cuerpo? (A veces la aporofobia es una herramienta fantástica para el insulto, mezclando realidades complejas, como el alcoholismo y la pobreza, únicamente para faltar al personal).

Está claro que la gente más necesitada vive hacinada porque la empleabilidad es muy baja, quedando relegados a trabajos en «negro» o de escasa remuneración. Por otro lado, los alquileres tienen precios disparados, precios a los que no puede hacer frente una persona sola y en muchos casos las familias se unen para pagar un piso entre varias. Resultado: familias mucho más vulnerables al contagio y afectación del virus, ya que es casi imposible realizar un confinamiento o aislamiento de la persona o personas infectadas.

Es mentira que la gente de Vallecas, Usera o Villaverde sean unos vagos y delincuentes, que no trabajan ni estudian y están todo el día de botellón en el parque. Vamos por partes porque aquí se mezclan varias realidades. La delincuencia de estos barrios es superior porque va unida a la falta de recursos sociales, económicos y de oportunidades. A la gente no le gusta delinquir, lo que pasa es que hemos creado un imaginario romántico y edulcorado de la vida del macarra, del ladrón o del traficante, restando protagonismo a referentes sanos y normalizados que se dan en muchos barrios para alabar, mitificar y vender las historias “quinquis” en canciones, películas y rumores.

Existen un motón de jóvenes en estos barrios sin futuro, con recursos sociales limitados, fracaso escolar, multiproblemáticas familiares sin tratar y un largo etcétera de causas por las que es mucho más difícil acceder a una vida menos marginal. Jóvenes sin futuro pero con un presente prolífero de casas de apuestas, acceso fácil a las drogas y a un ocio que carece de desarrollo personal. Además, tenemos barrios estructuralmente abandonados, con escaso cuidado de parques y zonas infantiles, que son un exponente claro de la teoría de los cristales rotos de Philip Zimbardo. En conclusión: muchos jóvenes pululando por el barrio con bajas expectativas, ningún sueño por alcanzar y un desdén hacia las normas en general. Resultado: grupos numerosos mucho más vulnerables a la trasmisión del virus, pero sobre todo, blanco fácil para culpabilizar de todos los contagios. Porque siento deciros que estos jóvenes no son solo producto de estos barrios señalados, es un problema global al que no le estamos poniendo solución.

Podría seguir analizando las 13.468 causas por las que se culpabiliza a los barrios del sur de extender una pandemia y la ineficacia de las instituciones clasistas, que parecen más centradas en castigar al pobre que en salvaguardar la salud de la población, porque está claro que todas estas medidas sanitarias, tienen muy poco de sanitarias, que llegan tarde y que no se basan en el número de casos por habitante. Eso solo vale si no pone en riesgo sus intereses económicos, por eso Lavapiés ha salido indemne… ¿quizá hay mucho hotel y recursos turísticos en ese barrio? o ¿quizás Lavapiés ya es un gueto en sí mismo?

Sea como fuere, éramos muchas personas las que esperábamos que el viernes se anunciaran medidas sanitarias adecuadas como reforzar el trasporte público, ofrecer una alternativa para los aislamientos a familias en exclusión social o simplemente fortalecer la atención primaria de las zonas más castigadas. Más inversión pública en general y menos hacer el ridículo en particular.

Mi reflexión es: ¿Hasta cuando?

Sara, educadora social de infancia y familia

1 thought on “In the ghetto

  1. Desgraciadamente este circo no tiene una última función, aunque algunos espectadores no tienen ganas de reírse y otros en estado de descomposición que seguirán votando lo mismo caiga quien caiga.

    Enhorabuena por el texto, muy ilustrativo!

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