El racismo impregna todas nuestras sociedades. Todas ellas se han construido desde la base de las diferencias y los privilegios, desde el poder que divide a las personas en abusadoras o abusadas según, entre otros aspectos, su procedencia.

Por mucho que lo neguemos, por mucho que nuestra ideología y nuestros valores sean contrarios al racismo, lo llevamos dentro. Lo ejercemos cada día en cada pequeña cosa porque nos han educado para ello.

Nuestra cultura “desarrollada” nos inculca que el modelo válido de desarrollo es el nuestro. Uno que aliena a las personas y destruye el planeta, que nos hace competir, querer tener cada vez más, no compartir ni cuidar, no vivir en comunidad. Y desde esa posición de privilegios de personas blancas que todo lo saben, todo lo pueden, todo lo deciden y todo lo que se proponen lo hacen, es desde la que nos acercamos a personas que proceden de lugares distintos al nuestro.

También desde esa posición viajamos a otros países, tratamos de hacer una cooperación que, muchas veces, se convierte en una prolongación de la colonización, aunque disfrazada de buenismo y de caridad.

Echando la vista atrás, a lo largo de los 9 años de trayectoria de Mil Colinas, en el trabajo de un equipo mitad ruandés mitad español, hemos vivido muchas transformaciones. Muchos errores cometidos desde la ignorancia y desde ser inconscientes muchas veces de que lo que estábamos haciendo era racismo puro. No respetar los ritmos, ni las formas de hacer, con nuestros nervios, nuestra necesidad de productividad, comportarnos en otra cultura como lo hacemos en la nuestra en pro de nuestra libertad, hablando y participando más de lo que nos corresponde cuando las voces protagonistas eran otras, permitiendo idolatrías (el síndrome del salvador blanco), tratando de imponer una forma de hacer las cosas que nada tiene que ver con lo que culturalmente se haría en el lugar, imponiendo qué es una necesidad y qué proyectos deben realizarse… Al fin y al cabo, considerando a una gente, a un pueblo, a una cultura, incapaces de ser conscientes de sus necesidades, de priorizar lo que consideran importante y desarrollar lo que creen que es posible y justo para sus gentes.

Hemos permitido un voluntariado internacional masivo, de personas que llegan a un lugar con su mirada de personas blancas, con nuestros privilegios blancos, con nuestra verdad y nuestra visión única del mundo. Sin una formación previa profunda (actuar en un lugar diferente a nuestro entorno requiere de muchas reflexiones previas), personas que creen que van a “ayudar” y no a aprender, que juzgan cada cosa que ven o que viven, creyendo que tienen ese derecho que les da la superioridad de pertenecer a un país “desarrollado” a opinar, en tan sólo un mes, sobre cómo un país puede solucionar sus supuestos problemas.

Caridad, alguien que “da” que está por encima de quien “recibe”. Cuestionando lo que ven y las formas de hacer solo porque son distintas a las nuestras, porque a nuestros ojos blancos les remueve ver cosas de las que somos responsables con nuestra forma de vida y nuestro consumo. Porque las situaciones de pobreza económica son nuestra responsabilidad, fruto de un sistema injusto que las personas privilegiadas alimentamos día a día.

Regalar caramelos por la calle a niñas y niños desconocidos. Dar la ropa vieja que nos sobra. Hacer fotos por postureo vulnerando los derechos de imagen de la infancia (cuanta más suciedad y pena dé, mejor), hacerlas públicas en todas las redes posibles. Mandar mensajes amarillistas a nuestro entorno, el discurso de: “no tienen nada pero son más felices” (nadie es feliz cuando sus derechos son violados), victimizando, actuando por lástima… Son tantas las experiencias, que nos hicieron cuestionarnos qué estábamos haciendo. Porque eso no es cooperación.

Y hemos emprendido juntas ese camino complicado (y doloroso a veces) las personas que formamos parte del equipo ruandés y español de Mil Colinas, de revisar cada cosa que hacemos, cada paso que damos, nuestras relaciones, que no siempre son todo lo horizontales que quisiéramos, de detectar qué es racismo y abuso, de desprendernos de aquello que no nos hace libres con quien viene de una cultura diferente a la nuestra (allí y aquí), de deconstruir todo lo aprendido y comenzar de nuevo a crear un camino en el que exista un respeto verdadero. Tratamos de mirarnos reconociéndonos en lo humano y también en nuestras diferencias, escuchando, comprendiendo, enseñando y aprendiendo, abrazando nuestras culturas.

Pero el racismo está tan arraigado que sigue guiando nuestros pensamientos y nuestros actos.

Cuesta mucho deshacerse de él. Cuesta mucho reconocer los privilegios, renunciar a ellos, ser conscientes de que somos las personas herederas de los colonizadores, y que todas nuestras sociedades están impregnadas de ello.

Muchas personas cuestionan esto: “yo no tengo la responsabilidad de que mis ancestros colonizaran”. Pero aún hoy nos estamos aprovechando de todos los beneficios materiales que derivaron de esa colonización y, con sinceridad, la colonización nunca terminó; ahora está camuflada de ayuda o contratos comerciales, pero ahí está presente en cada cosa que compramos que no proviene del comercio local, en cada decisión que en el ámbito internacional toman nuestros gobiernos (a los que votamos).

Todo esto es violencia y es racismo contra quienes no invadieron, iniciaron guerras, expoliaron, asesinaron, esclavizaron, violaron, abusaron. Quienes sí lo hicimos, somos el modelo de “desarrollo” que imponemos al resto del mundo.

Tenemos mucho que analizar, que reconocer, que señalar y denunciar. La cooperación debe ser ese lazo entre culturas que se comprenden, se apoyan y trabajan juntas para superar sus dificultades (las de ambas). Deconstruirnos, a través de una educación transformadora que no reproduzca modelos injustos porque ¿a quién hay que educar? ¿a quien es abusada o a quien abusa?, ¿quién carece de desarrollo humano y de valores? No sirve con realizar proyectos en otros países, eduquemos a nuestras sociedades carentes de humanidad muchas veces para dejar de ser los colonizadores que fuimos, para la empatía, para el respeto profundo, para el antirracismo, para el decrecimiento, para la conciencia en una ciudadanía global, para la responsabilidad… Para la justicia social.

Miremos en nuestros ombligos, nuestras casas, nuestros barrios, nuestros entornos, y descubramos a quién debemos salvar.

María Fernández Peña. Activista Asociación Mil Colinas

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