Según la definición de la OMS, la salud se concibe como un estado de perfecto bienestar físico, mental y social, y no únicamente como la ausencia de enfermedad, que es habitualmente lo que todas pensamos. Tras años difíciles con la llegada del Coronavirus a nuestras vidas, debemos hacer una importante reflexión acerca de la salud mental, que está siendo increíblemente visible en todos los rangos de edad, y más en concreto en la población juvenil.


Actualmente el suicidio es la principal causa de muerte entre los jóvenes. Como sociedad, algo está fallando si son aquellas personas que tienen toda su vida por delante, llena de nuevos retos y posibilidades, las que deciden dejar de vivir. Y no vale la típica respuesta de que somos una «generación de cristal» que no aguanta nada, pues estamos poniendo encima de la mesa todas la violencias que nos atraviesan y es el momento de darles una respuesta.

Hemos conseguido que la salud mental a día de hoy se trate de un asunto de debate público. Partimos de la base de que, en nuestro currículo educativo, debería incluirse desde el inicio una enseñanza básica sobre la identificación, el control y la gestión emocional. Se debería permitir y poner a nuestro alcance herramientas y técnicas de resiliencia que nos permitan afrontar bajo otro prisma el problema que nos acontece, permitiéndonos manejarlo, buscar alternativas bajo la percepción de que el mundo cambia, nosotras cambiamos, y nuestros problemas también lo harán, mejorarán y cuando creamos que todo está resuelto, aparecerán otros nuevos con los que deberemos convivir, lidiar y cambiar.


La vida es eso, la vida es cambio, es transitar, es crecimiento y según la realidad de cada persona, este transitar puede estar atravesado por distintas situaciones de violencia, exclusión, e incapacidades que hace difícil avanzar hacia el crecimiento personal. Sobre todo cuando no existe un sistema de apoyo con el que poder contar, el que te pueda acompañar y sostener en este proceso que se inicia generalmente en la adolescencia. Al quedarte sola o solo ante un camino cambiante, doliente e impredecible, sin nadie que te proporcione herramientas para iniciar ese camino, o para encontrarlo, aparece el sufrimiento, la rabia, la pena, la incomprensión y las conductas adaptativas a una realidad que duele. Conductas generalmente lejanas a proporcionar bienestar, seguridad, y crecimiento.

Por todo esto, se hace muy necesaria una mayor inversión en salud mental. Nos tienen que tomar en serio. Se deben acabar las grandes colas y listas de espera en la sanidad pública para personas que quizás mañana ya no estén, porque necesitan una atención ya, ahora, es una atención urgente. Es difícil tomar conciencia de que es igual de importante tratar una enfermedad crónica, que una enfermedad mental. Lo malo de la enfermedad mental, es que no estamos entrenados para detectarla en nosotros mismos, ni muchas veces en las personas que nos rodean. El estigma contra la atención por parte de profesionales de la salud mental ha hecho que la sociedad se aleje totalmente de su conocimiento generando incluso, miedo y rechazo por las personas que son atendidas, sobre todo en generaciones anteriores. El «loco» del pueblo, la «loca» del barrio, el «loco» del insti, generalmente era una figura que en vez de despertar una acción protectora, compresiva o de ayuda hacia su persona, despertaba todo lo contrario, como poco temor e incluso marginación y violencia.

Por eso es tan importante revertir esa tendencia, cambiar de paradigma sobre la salud mental. Pasar de ocultar a abrir, a conocer, a que la sociedad sepa, conozca y utilice estrategias protectoras en materia de salud mental para ellos mismos y para las personas que le rodean. Tener unos conocimientos básicos de cómo consolar y acompañar, de cómo no juzgar o de cómo hablar de emociones, también es salud mental. Todos sabemos curar una herida a un niño o inferir la gravedad por si se necesitara ayuda profesional, lo mismo tiene que pasar con la salud mental, deberíamos tener unos conocimientos mínimos para acompañar a una persona en sus emociones y poder identificar si necesita ayuda profesional. Hay que tener claro que una familia no será capaz de curar una enfermedad de salud mental, pero igual si puede ayudar a que su hija de 12 años no acabe desarrollando un TCA.


Cuando estudiamos acerca de la salud, en mi caso en la carrera de Trabajo Social, nos enseñan que la vulnerabilidad económica, una vida con déficit o en la precariedad, es un factor que determinará el acceso a la salud mental. Y yo me planteo la siguiente reflexión ¿Cómo van a tener acceso al cuidado de su salud mental las personas más vulnerables económicamente? Es importante que tomemos conciencia sobre esto. Una persona con un sueldo precario no se puede gastar 40€ semanales en una consulta ni para él o ella, ni para sus hijos e hijas. Por ello, otro criterio a tener en cuenta cuando hablamos de salud mental es la universalidad y gratuidad de acceso a un sistema público que pueda garantizar el tratamiento. Evidentemente el que tenemos hoy en España, no cumple estos requisitos, por su diseño, por su colapso y por su falta de inversión.

Por último frases como: ¡Estás loca! O ¡Vete al médico! En el tono burlón e irrisorio en el que las escuchamos en nuestros días, caen como un jarro de agua fría en familias que necesitan soluciones. Nuestros representantes políticos deben dar cabida al debate alrededor de esta problemática, y deben prestar soluciones y alternativas a las mismas. Todos y todas en nuestro entorno tenemos algún conocido/a o familiar que necesita ayuda. Compañeros y compañeras, quizás hoy no, pero sí mañana necesitemos ayuda, luchemos por ella.

Y tú, ¿lo crees necesario?


Alba Sánchez Martínez, Trabajadora Social junto con el equipo de VocesS

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