La gran mayoría de nosotros y nosotras crecemos, desde nuestra primera infancia, escuchando sin cesar a la gente que nos rodea eso de: “mi mamá me mima” o como decía aquel anuncio de hace ya varios años “mi papá lo arregla todo, todo y todo”. Eso está muy bien pero… ¿Qué pasa cuando mamá no mima o papá no arregla nada? Cuando esto último ocurre, el niño, niña o adolescente se siente desubicado, no comprende qué sucede y sobre todo, se pregunta por qué le tiene que pasar a él y no a otro. De repente, en una fracción de segundo, el suelo que antes creía firme, se tambalea, se abre y empieza una caída libre acompañada de los peores miedos. ¿Qué hacer cuando tu figura de apego desaparece o cuando nunca existió?

En este momento aparece la “Red”. Red, curioso concepto, con varias acepciones: por un lado, la red como sistema de protección, donde entran en juego todos los recursos y profesionales que forman la llamada “Red de Protección” de una manera coordinada e interconectada. De esta red hoy no vamos a hablar, aunque animo a que la gente que conoce bien esta red lo haga.

Hoy vamos a hablar de “la otra red”, la que frena esa caída libre, la que se encarga de reconstruir los pedacitos de todos esos niños y niñas frágiles que ingresan en un centro de protección. En mi caso, un hogar, la “resi” como dicen algunos, o casa, como terminan diciendo prácticamente la mayoría. Pasando por alto en este artículo lo traumático que debe resultar ser separado de tu familia (por muy “mala” que sea, es SU familia), y entrar en un sitio donde hay muchos niños y niñas, y un equipo educativo completamente desconocido, la llegada al Hogar se convierte en un evento con una gran carga emocional. Ha de ser única, preparada y organizada con antelación para que todo salga bien. Por un momento, salid de vosotros mismos, imaginaos en la puerta de un sitio totalmente desconocido rodeado de desconocidos, que evidentemente tienen la mejor de sus intenciones, pero eso tú no lo sabes. Ahí comienza “la otra red”.

Una red humana que lo primero que hace es acoger y recibir con ternura y cariño, sin juzgar, a una persona vulnerable. Una red, que quita de sus cabezas el menor sentimiento de culpa frente a la situación vivida. Una red que abraza, que protege, cuida, educa y acompaña. Una red que, a través de la vida cotidiana, da estabilidad y seguridad que hace recuperar la autoestima y devuelve la confianza en sí mismos. Una red que prepara para la vida adulta, autónoma e independiente.

Los primeros días, incluso meses, del menor en el recurso residencial son increíbles. No voy a decir que son mágicos, porque en esto la magia no existe. Existe el buen hacer, la profesionalidad y la humanidad. Desde su llegada se percibe el poder del grupo, arropando al “recién llegado”, haciéndole sentir bien, cuidando y protegiendo, enseñando la dinámica y por qué no, marcando sus propios límites, sus códigos, etc. En este aspecto, por mucho que los educadores y educadoras les digamos que “tienen que recibirles como se les recibió a ellos”, y demos unas pautas (cómo nos gusta dar pautas), es algo que sale de ellos y ellas y sólo lo sabe hacer el grupo de iguales. El acercamiento al adulto es diferente. Es más cauteloso, más paulatino, y es que tenemos que tener en cuenta que los adultos que les rodeaban, no lo han hecho bien, sea el motivo​ que sea.

Durante la adaptación comienzan las mediciones, y yo me imagino que en su cabeza empiezan a desfilar interrogantes del tipo: “hasta dónde puedo estirar la cuerda”, “dónde está el límite de su paciencia”, etc. De ahí la importancia de establecer límites claros y firmes. Poco a poco, se va fraguando el famoso “vínculo”. ¿El primer signo? pasamos del: “oye profe, ¿a qué hora cenamos?” a un breve pero significativo: “Fer, ¿podemos hablar?”. Y es que parecerá una tontería, pero cuando el menor se empieza a sentir bien y cómodo, la relación educador-menor se dispara y evoluciona de manera exponencial.

También existe otra realidad, muchas veces compatible con el vinculo y el cariño al educador. Y es que las cosas no son siempre tan “bonitas”, no vamos a ponerlo todo tan idílico porque no siempre es así. Y es que a veces el daño físico o emocional que acarrean nuestros chicos y chicas en su mochila personal es muy fuerte. No obstante, no quiero lanzar un mensaje pesimista, ya que, es difícil pero no imposible. El acercamiento a esa persona será más lento e incluso podremos vivir avances y retrocesos, sólo es necesario tiempo y herramientas para ir tejiendo esa “otra red”. Escucharemos: “¿por qué me voy a fiar de ti?”, “¿y tú quién eres para dirigirte a mi?, etc. No desistamos, no hay “casos imposibles”, tirar la toalla no es una opción.

Mi experiencia tras 12 años en protección es que a veces cuesta menos, otras más, pero al final, se consigue. Perseverancia, profesionalidad y trabajo duro construirán un vínculo sólido muy difícil de romper. Y en muchos casos, perdurará más allá del tiempo que el menor permanezca en el recurso. Nos convertimos en sus referentes más próximos, somos a quien recurren para compartir sus miedos, dudas e inseguridades, pero también sus alegrías, logros y éxitos. Algo maravilloso, indescriptible, solo los que lo hemos vivido sabemos a qué me refiero.

No me gustaría finalizar este artículo sin antes reivindicar las profesiones del ámbito social. Admito, y comparto, que es una profesión vocacional, que hay que tener “madera” o ese “algo” que nos hace realizar nuestro trabajo. Pero igual de importante es la formación. No podemos jugar al ensayo-error, a “probar a ver si…”. Aprendemos una serie de conocimientos, tanto teóricos como prácticos que ponemos a funcionar a través de técnicas, estrategias, etc. No vale cualquiera, no somos el cajón “desastre” de la educación donde todo el mundo tiene lugar. Somos profesionales cualificados, en constante formación a lo largo de toda nuestra vida y este es nuestro ámbito laboral.

No lo olvidéis. Tejer La Otra Red, desde La Red.

Visibilización y reconocimiento, gracias.

Fernando Lorenzo, Educador Social.

que sea, tampoco es el objeto de este artículo. Comienzan las mediciones y yo me imagino que en su cabeza empiezan a desfilar interrogantes del tipo: “hasta dónde puedo estirar la cuerda”, “donde está el límite de su paciencia”, etc. De ahí la importancia de establecer límites claros y firmes. Poco a poco, se va fraguando el famoso “vínculo”. ¿El primer signo? pasamos del: “oye profe, ¿a qué hora cenamos?” a “Fer, ¿podemos hablar?”. Y es que parecerá una tontería, pero cuando el menor se empieza a sentir bien y cómodo, la relación educador-menor se dispara y evoluciona de manera exponencial. Tenemos otra realidad, y es que las cosas no son siempre tan “bonitas”, no vamos a ponerlo todo tan idílico porque no siempre es así. Y es que a veces el daño físico o emocional que acarrean nuestros chicos y chicas en su mochila personal es muy fuerte. No obstante, no quiero lanzar un mensaje pesimista, ya que, es difícil pero no imposible. El acercamiento a ese menor será más lento e incluso podremos vivir avances y retrocesos, sólo es necesario tiempo y herramientas para ir tejiendo esa “otra red”. Escucharemos “¿por qué me voy a fiar de ti?”, “¿y tu quién eres para dirigirte a mi?, etc. No desistamos, no hay “casos imposibles”, tirarla toalla no es una opción. Mi experiencia tras 12 años en protección es que a veces cuesta menos, otras más, pero al final, se consigue. Perseverancia, profesionalidad y trabajo duro construirán un vínculo sólido muy difícil de romper. Y en muchos casos, perdurará más allá del tiempo que el menor permanezca en el recurso. Nos convertimos en sus referentes más próximos, somos a quien recurren para compartir sus miedos, dudas e inseguridades, pero también sus alegrías, logros y éxitos. Algo maravilloso, indescriptible, sólo los que lo hemos vivido sabemos a qué me refiero. No me gustaría finalizar este artículo sin antes reivindicar las profesiones del ámbito social. Admito, y comparto, que es una profesión vocacional, que hay que tener “madera” o ese “algo” que nos hace realizar nuestro trabajo. Pero igual de importante es la formación. No podemos jugar al ensayo-error, a “probar a ver si…”. Aprendemos una serie de conocimientos, tanto teóricos como prácticos que ponemos a funcionar a través de técnicas, estrategias, etc. No vale cualquiera, no somos el cajón “desastre” de la educación donde todo el mundo tiene lugar. Somos profesionales cualificados formados, y en constante formación a lo largo de toda nuestra vida profesional, y este es nuestro ámbito laboral. No lo olvidéis. Tejer La Otra Red, desde La Red. Visibilización y reconocimiento, gracias. @educaferformador

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