A lo largo de mi vida profesional como educador he vivido equipos rotos, desolados, desorientados, faltos de motivación, nada reconocidos. Estos equipos han estado sustituidos por otros educadores que con el tiempo han ido perdiendo fuerza delante la perversión de la experiencia.

“Llevo muchos años aquí para que me digas lo que tengo que hacer”.

“Crees que sabes cómo hacerlo, pero yo no lo tengo tan claro”

“Siempre se ha trabajado así y no veo necesidad de cambiar”.

Los equipos educativos pueden encontrarse sobre tensionados debido a las dificultades que comporta coordinar ciertas acciones educativas. Nuestra práctica va en consonancia con nuestros saberes, pero estos en ciertas ocasiones no nos dan respuesta. La práctica del educador es viva, trabajamos con contextos líquidos, cambiantes.

Acumular experiencias nos comporta saberes que ayudan a contextualizar aquello aprendido con aquello vivido. Con experiencia puedes tomar acciones con cierto criterio, pero también puedes implantar en el equipo un criterio único de un todo. Es necesario que el educador experimentado pueda coordinarse con el resto del equipo, saber escucharlo, ampliar su mirada. Es sano sacar la mirada de nuestra propia experiencia y mirar el conjunto con perspectiva, abrir la mente y aceptar que nuevas ideas, nuevas procedimientos pueden llegar a tener los resultados positivos que todos esperamos.

El equipo educativo necesita sentirse acompañado, cuidado por el otro, arropado. En situaciones de soledad los educadores se acogen a los criterios de la experiencia del otro como dogma. En estos casos la práctica del educador deja de ser su práctica y su motivación decae en caída libre dejándolo a las puertas a otro lugar. Es importante aprender de los mas experimentados, pero igual de importante es transformar ese aprendizaje en camino propio por él que podamos transitar con la firmeza de saber que somos nosotros o nosotras las que decidimos nuestros pasos.

Un equipo educativo que es cambiante sin apenas permanencia, en el que solo unos pocos educadores acumulan experiencia, se dice que hay poca motivación, precariedad laboral, salarios bajos y poco reconocimiento. Y sí es muy real que todos y todas los profesionales sociales sufrimos estos contratiempos, pero hay una parte de nuestra motivación que se puede controlar, que nace del reconocimiento. El reconocimiento viene cuando llevas años acumulando experiencia y saberes que te acreditan, pero esto no tendría que dejar al otro en una situación de inferioridad. Cuidemos a las nuevas figuras, porque son la experiencia del mañana.

Cuando un educador experimentado comparte experiencias y muestra sus saberes, también tendría que recoger la mirada crítica del otro, buscar lugares de encuentro y reconocer otras maneras de afrontar retos.

Pero mi experiencia es otra, veo educadores a los que no se les ofrecen oportunidades, veo directrices deontológicas que son generalistas dejando al educador desprotegido, veo normativas limitadoras que acotan el trabajo educativo, veo dogmatismos que dejan de lado la mirada crítica y todo ello se ha ido construyendo en base a una experiencia.

¿Qué ves tu?

Antonio, Miradas del Alma

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