“Ser indigente es un trabajo a jornada completa. Ser pobre es un trabajo a jornada completa. Eso es lo que no entienden quienes echan en cara a las personas desfavorecidas que no salgan al mundo y busquen un empleo. Ya tienen un empleo y ese empleo es la supervivencia. Hay que ponerse en la cola para recibir alimento y, más temprano aún, para tener un sitio donde dormir. Uno acarrea sus pertenencias a la espalda y cuando dejan de servirle rebusca en la basura para sustituirlas. Uno solo tiene cierta cantidad de energía que consumir porque solo dispone de cierta cantidad de alimento para nutrir el cuerpo. La mayor parte del tiempo está cansado y dolorido y lleva la ropa húmeda. Si la poli lo encuentra durmiendo en la calle le obliga a ponerse en marcha. Con un poco de suerte lo trasladarán a un refugio, pero si no quedan camas libres, o no hay colchones disponibles en el suelo, tendrá que dormir sentado en una silla… con todas las luces encendidas porque eso impone el reglamento contra incendios. Así que uno vuelve a las calles porque así al menos puede tumbarse a oscuras y, a lo mejor, dormir. Cada día es igual y cada día uno es un poco más viejo y está un poco más cansado.

Y, a veces, recuerda quién fue en otro tiempo. Fue un niño que jugaba con otros niños. Tuvo unos padres. Quiso ser bombero o astronauta o ingeniero ferroviario. Tuvo un marido. Tuvo una mujer. Fue amado. Nunca habría imaginado que acabaría así.

Uno se acurruca en la oscuridad y espera a que la muerte le dé un último y venturoso beso de despedida.«

El invierno del lobo. John Connolly.

Me llamo Laia y soy de Barcelona. Desde que acabé Integración Social he ido trabajando en diferentes entidades, recursos y equipamientos dirigidos a las personas sin hogar.

El sinhogarismo es un colectivo diverso. Desde la perspectiva común se presenta como una masa homogénea, sin rostro, sin vida, como un concepto. Mendigo o pobre son etiquetas que despersonalizan y lo asemejan casi a una elección personal, invisibilizando la gran variedad y diversidad de situaciones como la violencia de género, drogodependencias, inmigración, soledad, que precipitan esta situación.

Actualmente trabajo en un CPA (Centro de Primera Acogida) para personas en situación de sin hogar en la ciudad de Barcelona. Mi centro cubre primeras necesidades, servicio de duchas, servicio de comidas (almuerzo, comida, merienda y cena), servicio de ropero/consigna, servicio de cama. Los CPA tienen un tiempo límite de estancia de tres meses, teniendo siempre presente que dependiendo de la situación concreta de cada persona esta estancia se puede alargar o acortar (hay que tener en cuenta que son centros de primera acogida, su intención es que de ahí salgan a otros recursos para poder seguir un buen proceso de inserción).

Algunos de estos centros, hasta antes de la COVID, eran nocturnos (de 20h a 8h) ofreciendo servicio de duchas, cena y almuerzo, ropero y cama. Con la llegada de la pandemia, se abrieron 24h para confinar a las personas que viven en ellos y sobre la mesa está la propuesta de mantenerlos abiertos para poder así hacer un seguimiento más integral y completo de cada caso. Hay que romper con la idea de rebaño, de masa que llega en tropel a cubrir necesidades y vuelve a la calle. Necesitamos dar una atención individualizada, cercana y cálida, centrada en la persona y no en la etiqueta.

Quizás el hecho de quedarse sin un techo es la situación más vulnerable a la que puede llegar una persona. Acabar en la calle es la representación de la nada absoluta y del todo por hacer. Una nada con memoria, una nada doliente que recuerda el suave olor de la comodidad,  la seguridad sentida del poseer algo. Una nada doliente que supo ser algo más que un invisible de esa masa que espera en la puerta del CPA.

“Cuando era pequeña, en mi familia celebrábamos siempre las navidades juntos, los cumpleaños y las fiestas importantes. A lo largo del tiempo mis padres fueron teniendo problemas económicos y tuve que ir buscándome la vida sola. Empecé a trabajar a muy temprana edad e intentaba aportar todo lo que podía a la familia. Tuve una pareja que empezó a maltratarme tanto psicológicamente como físicamente. A lo largo del tiempo acabe en una situación económica horrible, que me llevó a quedarme sin casa, sin personas cercanas, con una orden de alojamiento y dando tumbos de albergue en albergue. Y aquí estoy, intentando entender el por qué, intentando volver a salir e intentando ser como los demás.”

Y esto es lo que realmente nos aleja y nos aterra al mismo tiempo, que puedes ser tú. Es un miedo tan real, tan posible, que nos negamos a conectar emocionalmente con este colectivo, nos produce dolor pensar que estamos a una crisis de acabar allí. Entonces nuestro mecanismo de defensa reafirma la idea de que “algo ha hecho mal”, “han sido las drogas”, “nació en mala familia” y cuando no nos quedan más razones simplemente afirmamos “a mí no me pasaría, yo soy mejor”. Pero la vida da muchas vueltas y los que hoy hacen cola, ayer afirmaron que eran mejores. A día de hoy nadie nace en la calle, no hay una fábrica de mendigos con un camión de reparto que los vaya soltando por la ciudad. En la calle se acaba por diferentes caminos que vienen de un principio normalmente mucho menos vulnerable y marginal.

Y en esta masa invisible destacan con un grado mayor de vulnerabilidad, vejación y deterioro las mujeres. Ellas, normalmente, han perdido también la voluntad sobre su propio cuerpo obligado a ser usado día a día por mera supervivencia. Han agotado todas las vías, han pasado por todos los recursos, han jugado la última baza y la han perdido. En la calle es difícil poseer cualquier cosa siendo mujer pero, qué fácil es ser poseída.

Violaciones, maltrato, problemas de salud mental más elevados, prostitución forzada (ya sea por trata o por supervivencia). Centros como el mío son la respuesta planteada para paliar estas estadísticas, pero nos hemos dado cuenta de que no funcionan, ya que a las mujeres les cuesta ir a los CPA mixtos debido a las situaciones traumáticas que han vivido.

Hay que hacer un cambio de perspectiva urgente sobre cómo se trabaja con las personas en situación de calle. Al final, la mayoría de las veces acaba siendo un pez que se muerde la cola donde van pasando por recursos y nunca salen de la rueda. Actualmente, y desde hace unos años, se ha ido aplicando un nuevo método que se llama “Housing First” que consiste en primero de todo ofrecer una vivienda y empezar el proceso desde esa vivienda. Los resultados están siendo mucho más gratificantes que los que nos encontramos en los demás recursos.  Al final se trata de sacarles de la masa, de considerarles personas, de hacer un proyecto individual con tiempo, recursos y buen trato. A la vez, y aspirando más arriba todavía, hacen falta buenas medidas y leyes sobre la vivienda. Si profundizamos bien en este tema, al final, la reivindicación y objetivo central tiene que ser el no tener que trabajar con personas en situación de calle porque no haya nadie viviendo en la calle. Salgamos del asistencialismo que solo cronifica la exclusión.

Por último, reflejar que como profesional de la Acción Social nos quedan muchas cosas que reivindicar y por las que luchar. Somos un sector que se moviliza por los derechos de las personas que acompañamos pero pocas por los derechos propios como trabajadores y trabajadoras. Tenemos unas condiciones de trabajo muchas veces denigrantes. No podemos estar trabajando con personas vulnerables y exponiéndonos a situaciones difíciles sin que gobiernos y sociedad valore el trabajo que realizamos. Tenemos sueldos muy bajos, a pesar de ser profesionales cualificados, cada vez se privatiza más el sector adjudicando proyectos por menor coste, lo que conlleva una reducción de nuestro sueldo y de nuestra calidad de trabajo.

Compañeras y compañeros ¿no es ahora el momento de luchar?

Laia «Rabotnitsa». Integradora Social

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