Todo comenzó un 13 de marzo de 2020… o quizás este inicio era de hace mucho tiempo atrás.

Mi nombre es David, actualmente soy Educador Social en un Centro de atención de menores en Valencia. Finalicé el Grado en Educación Social en 2015. Aunque mucha gente me desaconsejó el hacerlo, yo fui uno de esas personas pasionales que prefirió escuchar a su corazón y realizar dichos estudios. Después de 5 años trabajando y estudiando de todo, por fin pude ser Educador. Lo cual me hizo enormemente feliz.

El 2020 iba a ser mi año, ese que llevaba tanto tiempo esperando. Acaba de contactar conmigo una buena fundación que quería darme la oportunidad de poder formar parte de su familia para ejercer como Educador Social. Quién me iba a decir a mí que todo lo que aprendí en la carrera y en los primeros meses en el centro no iba a servirme ahora de nada, ya que tendría que vivir en una nueva realidad.

Cuando entré en el centro pude ver como las programaciones, cuadrantes, organizaciones y planificaciones hechas en el hogar funcionaban a la perfección. Las metodologías tenían una efectividad estupenda. Pero ahora ya nada “funciona”. ¿Y ahora? ¿Qué hace uno para poder “controlar” y guiar al menor en su desarrollo?. Pues ahora es cuando estamos demostrando nuestra capacidad creativa, nuestra resiliencia, esa que el Estado no quiere ver. Es increíble ver como los educadores nos las ingeniamos para poder conectar con los jóvenes y poder seguir trabajando con ellos y motivándoles aun sin tener nada que darles, ya que para muchos de ellos su motivación era la de poder salir a la calle el máximo de tiempo como recompensa por haber hecho bien su labor personal individual.

Creo que ahora es cuando más se ve latente la capacidad empática del ser humano. Los educadores tenemos un pelín más de manga ancha con ellos y a su vez ellos entienden el duro papel que ejercemos en el hogar. Esa simbiosis es espectacular, pero claro, eso se produce si uno tiene sangre en las venas, emoción y pasión, esa pasión que me hizo estar aquí hoy.

Todo esto que os cuento es muy bonito, pero no nos engañemos, yo también he llorado, he tenido ansiedad, no he querido ir al hogar (aunque luego esté todo el tiempo pesando en los chicos y chicas). Yo me preguntaba: ¿por qué estoy mal si yo soy uno de esos “esenciales” privilegiados que ha podido salir a la calle a trabajar?. Creo que llegué a este punto porque ya estamos agotados de pensar en qué hacer con los menores, cómo aplicar un protocolo para no propagar o contagiar el Covid-19, cómo motivarles. Es difícil reconducir cuando ellos mismos te dicen: “David, para que me voy a levantar si ya no tengo nada que hacer” Y claro, tienen razón. Por eso hay que sobreponerse, buscar y encontrar alternativas, llenar nuestra maletita de ideas, de recursos, de creatividad… para poder luchar contra esa actitud adolescente y encontrar juntos un motivo por el que levantarnos de la cama.

Para ello es vital nutrirse de las energías positivas del resto de compañeros y compañeras. Así fue como me convertí en un ladrón de energía positiva en algunos casos y en otros dejándomela robar, para nutrir a los demás. El hogar es equipo, y mi trabajo define a mi compañera, mi seguridad protege a mi compañero, mi positividad les alimenta, ahora más que nunca nos necesitamos.

Otro de los días que me dio el ‘bajón’ fue porque se me llenó el cuerpo de rabia e impotencia por no poder coger con mi mano las cabezas de toda la sociedad y hacerle entender lo que está pasando. Qué curioso es ver como las sociedades globalizadas y desarrolladas miran hacia otro lado cuando ven la desgracia de otros países, o ver como critican y odian la inmigración, la odian hasta tal punto que se crean vallas o fronteras impenetrables. Es un pensamiento egoísta, pero bueno, como dice el refrán, “hasta que no te muerda el lobo no lo vas a ver”. Pues bien, el lobo ya ha venido y nos ha mordido y ¿qué ha pasado? ¡NADA! Es indignante ver como ahora mismo TODOS y TODAS somos iguales, personas afectadas por lo mismo, queriendo lo mismo, llorando por lo mismo, pues aún así, las sociedades desarrolladas no empatizan con el resto de países.

Pero ¿es que no vemos que las mismas fronteras que hemos creado son límites que nos hemos puesto nosotros mismos (en mi caso me han impuesto) y que nos limitan para ser libres? Nos ha molado tanto ir de modernos que nos hemos olvidado de quiénes somos. Somos España, esa sociedad que en su día le tocó emigrar para poder comer, huir de una guerra para salvar su vida. Más tarde, con la crisis, a gran parte de la sociedad se la obligó a cambiar de país porque el suyo no le daba lo que merecía, un trabajo digno y acorde a sus estudios y esfuerzos (fuga de cerebros). Nos hemos olvidado de nuestros productos mediterráneos, de nuestra hospitalidad, de nuestra alegría, de lo local.

Hemos llegado a montar negocios con estética y “aire” castizo. ‘Calzados Manoli’ bien puede ser la última vermutería chic de Malasaña, pero nos hemos dejado a la verdadera Manoli y a sus zapatos por el camino, porque Manoli no era guay. Y así nos va, que hasta que el lobo no nos ha mordido no nos hemos dado cuenta de que hemos dado gran parte de nuestros recursos a industrias globalizadas, a empresas en su mayoría extranjeras en el pago de impuestos, y que te pueden fabricar un precioso plato de porcelana al estilo de la abuela, en China. Estábamos tan centrados en la apariencia que no nos hemos dado cuenta del contenido, de como, por ejemplo, los presupuestos del estado estaban mal repartidos y que ahora no hay dinero para “LOS ESENCIALES” porque mucha gente no creía en lo “público” en un sano Estado de bienestar sustentado por todos y todas nosotras.

Tengo tantas ideas en la cabeza para desarrollar que quieren salir todas a la vez por la misma puerta y se amontonan llegando a originar un muro de difícil acceso. Pero como profesionales de la educación social tenemos que buscar alternativas para poder llegar a ser eso que tanto nos define: RESILIENTES. Hay que organizar las ideas, discriminar las que no sean nutritivas y prácticas . Así somos los y las Educadores Sociales, personas apasionadas con muchos recursos y una gran fuerza que nos obliga a seguir adelante.

Por último, quisiera plantearos un tema y si por algún casual podéis resolver mi duda, me habréis ayudado muchísimo:

Actualmente somos un servicio esencial, ¿verdad? Bien, nuestros menores están a salvo encerrados en el hogar, pero los elementos peligrosos somos los y las educadoras ya que con el solo hecho de ir en trasporte público o salir a comprar podemos ponerles en riesgo. En mi centro hemos elaborado ciertos planes de contingencia y protocolos de actuación COVID-19, pero ahora se nos plantea la pregunta de si debemos usar mascarillas o no. Como es evidente todos/as hemos dicho que sí. La efectividad y utilidad de una mascarilla es de unas 4 a 6 horas, por lo que se deben de cambiar cada cierto tiempo, pero, además, como es bien sabido, las mascarillas escasean. Pues lo que se nos ha planteado es lo siguiente:

  1. Usar una mascarilla cada día con el riesgo de que cuando haya algún contagio no tener material suficiente.
  2. Usar una por semana reutilizándola, por lo que deberíamos alargar la mascarilla durante todo un día o incluso reutilizarla para toda la semana

Ademas, por culpa de la actual situación, estamos doblando turnos, llegando a hacer hasta 14 horas diarias. Yo quiero usarlas y quiero que mi equipo las usen durante todo el tiempo para proteger a los y las menores, pero es muy difícil convencer a alguien cuando está claro que no hay mascarillas para todos y todas.

Compañeras y compañeros Educadores y Educadoras Sociales, hoy más que nunca debemos defender nuestra pasión, nuestra profesión, nuestra labor y para ello hay que ser resilientes. Como bien dice un proverbio popular, usado por la Oreja de Van Gogh, “caer está permitido, levantarse es una obligación”.

David Educador Social salmantino que tuvo que salir de su hogar para encontrar su pasión en Valencia.

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