La crisis mundial sanitaria del Coronavirus ha supuesto un cambio en el paradigma de la intervención social. En un momento donde más necesario es la plena articulación de una acción social coordinada, y dirigida hacia el cuidado de la comunidad, a la escucha, al diálogo, parecen existir todos los mimbres para la fragmentación de los barrios, bajo el argumento de ideas, que erróneamente considerábamos ya extintas.

La crisis generada por el COVID-19 conlleva consecuencias de gran calibre en todo el tejido social, que desde la Educación Social debemos abordar a través de los criterios éticos que definen nuestro ejercicio profesional.

La premisa es la distancia social como medida de prevención; premisa que se va a extender y que va a ser difícil de erradicar una vez que no haya peligro de contagio, se nos pone sobre la mesa, la posibilidad de, en un futuro próximo, volver a elaborar espacios de confianza donde reforzar los vínculos sociales mermados por esta pandemia, generar espacios de encuentro a partir de aquellas cuestiones que afectan a nuestras vidas, a través de los cuidados comunitarios. Y es que, el tejido comunitario se ha visto debilitado, considerablemente, viendo como imposible, el poder realizar espacios para el encuentro, convivencias, formaciones, talleres en centros educativos, grupos motores, reuniones… tras la tormenta, dar prioridad a la vida, a las necesidades de la población, debe ser el primer pilar a reconstruir, a reinventar, si no queremos vernos presos de esa conciencia individual del “sálvese quien pueda”, pues sin recursos económicos, ni entidades que puedan cubrirlos o generar en ellos ese motor de cambio y de empoderamiento que luche por recuperar sus derechos, vamos a caer en ese pensamiento de supervivencia individual, algo que va en contra del progreso y desarrollo comunitario en todas sus formas.

El Coronavirus nos ha traído una gran crisis de los cuidados. Cuidados que históricamente han recaído en las mujeres. Un factor evidente de feminización de la pobreza que sin duda vamos a ver aumentar debido al desmantelamiento de las políticas de igualdad, puesto que estas medidas e intervenciones son siempre consideradas de baja importancia cuando aparece una crisis de estas características, generando un trágico espiral de sobreexplotación y desprotección. Y es que los trabajos de cuidado que sean privatizados o no asumidos por el Estado recaerán sobre las mujeres, por lo que impactará en sus vidas de forma negativa. Debemos reconocer que las mujeres migradas, racializadas y/o empobrecidas serán las que se vean más afectadas por esta situación.

Con respecto a la población migrante, y a la diversidad cultural, no debemos caer en el silencio de la indiferencia. Las grandes carencias y deficiencias del llamado Estado del Bienestar del Estado Español pueden suponer una gran situación de desamparo ante la situación administrativa de personas de origen migrante, que, en este momento, más que nunca, necesitan de una red de apoyo firme capaz de no dejar a nadie delante. Y es que, el Coronavirus ha generado una situación desbordante. Una situación de vulnerabilidad que bajo ningún concepto puede cristalizarse, otra vez, en una fragilidad manifiesta de los servicios públicos.  Una situación ante la que no debemos permitir que se traduzca en una fragmentación de los barrios, las comunidades, la convivencia intercultural.

En nombre del asistencialismo, tan necesario en momentos de urgencia, no debemos repetir errores del pasado reciente, no debemos permitir la construcción de una “nueva realidad” atomizada, compuesta por individuos que compiten entre sí por el respaldo de las administraciones públicas y por los recursos. En este momento de fragilidad, no somos un dique de contención.

Israel López Marín

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