María era mi gitana favorita. Ella cuenta que de joven era muy guapa, cosa que yo no cuestionaba, pero quizás pensaba que había llegado tarde para contemplar dicha belleza, ya que la mujer que tenía delante tenía la cara cansada, el cuerpo castigado y el alma en ruina. De hecho, alguna vez pensé echar la culpa a la droga, otras veces a la medicación que solamente distinguía por colores. Incluso llegué a sospechar que el estigma de su enfermedad mental o su discapacidad intelectual habían sido cruciales en su desgracia. Tampoco descarté que sean los amores frustrados que haya podido tener a lo largo de su vida, de marido maltratador, a amante vividor, después aquel de la moto que se aprovechaba de su inocencia.

Simplemente a sus 40 tacos, parece que siempre había estado en guerra continua por y para vivir, disimulando la decepción por la familia que le había tocado. Aún así, siempre aprovechaba la ocasión para hablar de su padre con cierto orgullo, un gitano de toda la vida, súper elegante, firme y controlador. Pero siempre le tenía un cariño especial.

María miente con gracia, promete por costumbre e incumple por capricho. Una víctima clasificada como delincuente con historial, rebelde como ella misma. Ama con nobleza y odia sin rencor. Lucha queriendo perder, Y pierde luchando como aquel que nunca cató con sus labios el dulce gusto de ganar. Sin embargo, quererla era obligatorio porque no había más remedio que hacerlo.

Cuando le pones corazón a la intervención que realizas con personas vulnerables y excluidas acabas aprendiendo más de lo que enseñas, o simplemente acabas viendo a la persona como persona.

Hossain, Educador Social. Blog: paraulespostsentiments.

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