La voz al otro lado del teléfono suena cansada. Está un poco sorprendida. Igual he llamado pronto. La verdad es que estos días me precipito. No debería llamar antes de las 10 de la mañana, pero mi lista de familias es muy larga y quiero que sientan que no las abandonamos. Aunque tampoco sé qué puedo ofrecerles. Llevamos 4 días de estado de alarma y no hay nada claro.  Bueno Sara, por lo menos les ofreces una voz amiga, un momento de comprensión, esta es mi frase tranquilizadora, me la repito como un mantra antes de empezar mi trabajo.

La voz cansada me devuelve a la realidad, ¿me escuchas? Eeeeh ¿me oyes?:

  • Sí, sí, Sonia, te escucho.  Llamaba para saber cómo estáis: ¿cómo lo estás llevando con los dos niños?, ¿qué os podría hacer falta? y bueno por acompañarte un rato, porque estás tú sola, echarás de menos conversar con alguien. – En este mismo momento pienso, joder, como le pregunto esto si no sé ni qué puedo ofrecerle-
  • Ay Sara… pues como vamos a estar, pues muy mal. ‘El Jose’ que tiene 5 años solo, quiere bajar al parque, y yo ya no sé cómo explicárselo… Cuando no está llorando por el parque, se me pega con el mayor. De verdad, que no sé cómo vamos a aguantar esto.
  • Ya Sonia, entiendo que tiene que ser muy duro, te paso varias propuestas de actividades para peques, páginas para que vean series y dibujos educativos y un cuento que se lo puedes leer, explica muy bien el coronavirus.
  • Vale. – Se abre un gran silencio-.  A ver, que yo les pongo a hacer deberes que nos dio la profe, pero me aguantan poco. Y tengo que hablar con mi cuñado, porque no sé meterme en la plataforma del colegio, desde el móvil no me funciona y no tenemos ordenador. Menos mal que la Navidad pasada invertí en tecnología y les eché de Reyes unas tablets de esas baratas del Media Markt.
  • Bueno pues muy bien, por lo menos las tablets te darán un ratito de calma cada día. Y tú ¿cómo estás? Pasar esto sola con dos niños pequeños es una gran hazaña. ¿Tienes algún apoyo? ¿Cómo estás de ánimo?
  • Pues mira muy malamente… me da la ansiedad. Cuando me voy a la cama me pongo a pensar en el virus ese… ayyy que me entra me imagino, ¿y qué hago yo con los niños? Que mis padres viven ya con mi hermano y sus hijos, no caben allí los míos. ¡Ay! ¡ay! ¡ay!  toda la ansiedad me da, que me pongo, que… que… que ya no me duermo.  Menos mal que mi cuñado, que vive mi hermana aquí al lado nos trae la compra, porque dime tú ¿qué hago yo con dos niños en el super? Pero Sara, que como esto se alargue ya sabes tú que yo me muero de hambre, que mis dos niños comían en el comedor y ahora ya en casa, que a mí con el RMI no me da.
  • Sí Sonia, tranquila, que sabes que tenemos presente tu situación, de momento no hay muchos protocolos, pero algo tendrán que hacer, están intentando dar cobertura primero a las familias sin ningún tipo de renta que ahora mismo están totalmente desvalidas. Ya sabes, que aunque a mí no me guste mucho (no es que no me guste mucho, es que lo odio con todas mi fuerzas) tenemos la alternativa que da Comunidad para los niños RMI, el Telepizza.
  • Ay es que eso para un día vale, pero no van a estar toda la semana comiendo pizza, que somos pobres, pero un puchero con dos patatas alimenta más. Además, ayer fue la Yoli, la de aquí abajo, que tiene seis críos, esa sí que lo está pasando mal. Me dijo que les trataron fatal, y que se armó una que tuvo que ir la policía. A mí me da miedo ir ya a eso, que parece que vamos a pedir, cuando es una ayuda que tienen los niños, ¿me entiendes?

Las 9:40 de la mañana, ¡madre mía! No puedo alargar tanto la duración de las llamadas porque no me da el día. Miro la conversación de Whatsapp del grupo de trabajo, parece que hay nuevas indicaciones diferentes a las de ayer. No me entero de nada, cada día una directriz. Estamos todos locos con tanto cambio, nos ha pillado todo sin protocolos. Bueno, voy a hacerme un café a ver si ordeno las ideas y sobre todo me aclaro sobre qué puedo ofrecer a mis familias; ojalá sea algo más que una pizza infantil y una bebida al día. Nos pasamos el curso escolar dando charlas por los coles, promulgando e insistiendo en una alimentación equilibrada, intentando rebajar los procesados de la dieta de los más pequeños y ahora les mandamos en masa al Telepizza.

Durante el día se suceden llamadas quejándose de la medida. Resulta que varias familias se acercaron con la acreditación de los menores y éstos no estaban en la lista. Otras familias se quejaban del trato recibido, les repetían que esto era una medida de caridad y que como no se comportaran cerraban y no repartían más pizzas. Se ve que la crispación siguió subiendo, hasta que intervino la policía para poner orden. Y yo aquí en casa, recibiendo toda esta información con las manos atadas. “No es mi competencia, no puedo hacer nada, nosotros no compartimos esta medida”, esta fue mi primera reacción. Después de acabar mi café reflexioné: que no sea mi competencia no quiere decir que no pueda acompañar a mis usuarios en la queja y buscar una forma de alzar la voz. Mi discurso cambió, es injusto, es el derecho de vuestros niños y niñas, no es caridad. Es una medida vacía de contenido real, no están escuchando a los colectivos, no responde a sus demandas, no quieren pizza, prefieren que se les dé la materia prima o una alternativa más saludable y sobre todo que no tengan que exponerse para recibirla. Tienen miedo, como todos. Son familias pidiendo que sus hijos coman a la semana algo más que una pizza, un wrap o una hamburguesa… Alzan la voz, se quejan y nosotros a su vez alzamos la voz, pero nadie nos escucha, las palabras se las lleva el viento. Nos conformamos con tener un reducto en los medios alternativos, de poca tirada, de poco calado; quizás un periódico alternativo, un pequeño blog, un grupo de Whatsapp de profesionales… Y ahí seguimos, en la invisibilidad constante sosteniendo a los colectivos vulnerables y teniendo que aguantar medidas que parecen las migajas de una buena cena.

Tenemos que escuchar a colaboradores de televisión decir que mejor eso que nada, que hay que dar las gracias a Telepizza por su ayuda, por su caridad. Señores y señoras yo no pago mis impuestos para que los Servicios Sociales hagan caridad. La caridad para las monjitas. Para los Servicios Sociales protocolos, profesionalidad e inversión pública.

Otra vez me he enfrascado en mis pensamientos, la indignación no es buena compañera de trabajo. Es la 1 del mediodía, la responsable nos traslada las nuevas indicaciones: primordial asistir a las familias sin ningún recurso económico, hay que llamar y cerciorar situaciones de vulnerabilidad grave. Manos a la obra: se suceden llamadas, listados y comprobaciones, sin parar, todo el equipo redobla esfuerzos. Un trabajo difícil hablar con familias con miedo a enfermar antes de hambre que de COVID; familias para las que el confinamiento es muy difícil cuando tu mayor propiedad es una habitación en un piso compartido, cuando el sueldo familiar salía de una empleada doméstica sin contrato, de vender la chatarra, de tener un puesto en el mercadillo, o de esperar algún furgón con faena en Plaza Elíptica. Días duros, en los que querrías dar, por lo menos, soporte emocional a todas esas familias, pero tus conversaciones tienen que ser rápidas. Hay que optimizar el tiempo, ganar minutos para que los datos estén completos y los posibles apoyos se tramiten rápido. No será por nosotros, intentaremos no fallar, trabajamos con toda nuestra energía. 

Me pongo otro café, el día va a ser largo.

Sara, educadora social de infancia y familia

4 thoughts on “Pizza de exclusión con extra de queso.

  1. Totalmente de acuerdo, dejarte la piel en medio de un vaivén de políticas enfrentadas, sólo hace que el bienestar de menores y adultos sea más frágil que antes del covid.

  2. …Y mientras las cocinas de los colegios cerradas a sal y pasta, las trabajadoras que con amor preparaban los menús saludables (o al menos más saludables que estos) despedidas.

    …Y mientras los amigos de los políticos que entienden la política como el soporte de los mercados (no el soporte de la gente) frotándose las manos por los pingües beneficios que conlleva un menú repleto de carbohidratos a 5 euros, 2 céntimos más que lo que cuesta un menú escolar, donde hay cocineros, vajilla, limpiadoras, productos frescos, cuidadoras, etc.

    …Y todo esto en barrios como Cañada haciendo un reparto de esta comida rápida más propio de países del tercer mundo, en medio de un escampado y con la supervisión del mando único.

    …Y mientras tanto cientos de educadoras reclamando que se de otra alternativa:

    -cocinas comunitarias (en Cañada las hay)
    -reparto de comida fresca para que sea cocinada por las familias
    -cocinas escolares
    -tarjetas monedero para compra de comida
    Pero en fin, como decía Monterroso «cuando despertó el dinosaurio todavía estaba ahí»

  3. Estoy de acuerdo con todo lo dicho, Educador@s haciendo formación en alimentos saludables, platos equilibrados…
    Y aún algunas administración solo quiere sembrar discordia sin ofrecer soluciones

  4. Pero si las pizzas le gustan a tod@s l@s niñ@s!!! No? La frustración que recogemos las profesionales de lo social al ver, oír y callar (casi siempre) toda clase de negligencias y abandono por parte de la administración hacia al infancia de este país es inversamente proporcional a la responsabilidad que se nos imputa y al valor asignado a nuestro trabajo. Una puta mierda.

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