Me llamo Roberto y soy director de una residencia de personas mayores de gestión privada. Me ha costado mucho tomar esta decisión, pero creo que es el momento de que se nos escuche. Soy trabajador social, me encargo de la gestión del personal, de los diferentes departamentos, del trato con las familias, de los residentes y de llevar a cabo diferentes procedimientos y protocolos del día a día del centro y velar por que se cumplan. Es decir, superviso y coordino desde un contrato hasta la falta de unas bombillas.

¡Vaya! A priori parece que tienes una sobrecarga de trabajo importante. Imagino que con el Covid-19 esta situación no habrá ido a mejor.

El Covid-19 es algo que veíamos de lejos. Llevábamos semanas preparándonos a modo preventivo, con protocolos, formación y obteniendo material, hasta que de repente un día se hizo realidad y todo cambió. En esa nueva realidad van pasando los días y se hace todo más oscuro. De repente saltan más casos, se tiene que hacer una reestructuración del centro de forma acelerada, tengo que contratar cada día más y más personas (las cuales no abundaban debido a la crisis sanitaria) y la presión va creciendo exponencialmente. Han sido días horribles, de turnos eternos, nervios e impotencia. Solo quería parar a llorar en un rincón, pero así no hubiera sido útil.

Desde fuera las familias no acaban de entender la situación. No se hacen una idea de lo difícil que es gestionar todo esto. Y es entendible. Ellos se preocupan por sus familiares y desde dentro muchos no pueden comprender, llegando incluso, a poner en riesgo a los demás. La prensa local y nacional no ayuda en absoluto. Las muertes entre la tercera edad aumentan, el morbo y los titulares se hacen más duros e inexactos. Las horas de trabajo y la carga emocional pesan mucho, cada día que va pasando me encuentro mucho más cansado.

Ahora mismo recuerdo esos días como si los hubiera vivido otra persona, estaba en un remolino de estados emocionales al borde del colapso. Desde fuera hay gente que se muestra comprensiva y te da apoyo, otros me han llegado a amenazar, la mayoría de la gente empatiza y pone esa cara de «no me gustaría estar en tu situación». Y yo mientras tanto siento impotencia, lloro por las víctimas, lloro por las familias, lloro por mí mismo. Me enfado, con el sistema, con la prensa, con la gente que no entiende que mi profesión es acompañar. Y por último saco fuerzas, aún no sé de donde y me enfrento a otro día en la residencia.

Dentro de mi cansancio resultó que un día ya no podía más. Y luego vino la tos, la fiebre, me dolía la espalda y en unas horas no podía ni comer. Aprendí a vivir con un silbido en el pecho. Cogí el teléfono y llamé al número de información. Su respuesta no fue de mucha ayuda.

Llegué al hospital pensando que en unas horas estaría en casa, soy joven y sin enfermedades, os juro que no imaginé nada de lo que iba a pasar. Tras medirme la saturación de oxígeno y la temperatura me sentaron en una silla de ruedas y ahí empezó la verdadera excursión. Mi diagnóstico: COVID positivo, neumonía bilateral. Estuve tres días en un sillón reclinable, con gafas de oxígeno viendo como los de mi alrededor empeoraban y deseando que no me tocase a mí. Hubo un día que no quiero ni recordar, hubiera cogido la bombona de oxígeno y me hubiera ido a mi casa. Todo esto, sintiendo que había abandonado a mis compañeros y compañeras de trabajo que tanto me habían apoyado, y a los residentes.

En mi estancia en el hospital, coincidí en la habitación con una persona mayor con la que he mantenido contacto hasta hace días. Ahora su teléfono está apagado, tristemente imagino cuál ha sido el final, pero me quedaré con lo que me dijo: “qué duro es llevar esto en soledad, porque estoy solo en casa”.

¡Madre mía! Creo que poco más se puede decir de esta crisis. Gracias por un testimonio tan sincero. ¿Qué crees que ha sido lo mas difícil de gestionar para la residencia?

Contactar con el hospital era muy difícil. Podía pasar horas al teléfono comunicando y tener que usar otro teléfono a la vez por no perder la oportunidad de que contestaran. Una vez vino una UVI móvil (según ellos, por error) y dijo que una persona mayor con ese diagnóstico no se llevaba al hospital, que debía tratarse en la propia residencia.

Recuerdo una llamada de supuesto ánimo desde Salud Pública donde me llegaron a decir: “hay días que el SAMUR no da a basto, por lo que es posible que no llegue, como ha ocurrido ayer. Espero que no se queden muchos en el camino”. Y aquí aparece la rabia, otra vez, no puedo hacer nada. Se nos ha muerto gente en las manos sin más recursos que los propios; mientras yo preguntaba si iban a venir a hacer test ellos me respondían: «de momento no, para cualquier duda puede llamarnos. Pues mira sí, varias dudas: dónde coloco mi pena, mi rabia y sobretodo dónde coloco la frustración de no disponer de los tratamientos necesarios para los residentes al haberles negado el traslado a un hospital.

Entiendo que nadie estaba preparado para esto, que los hospitales tampoco y estaban saturados, del mismo modo entiendo lo duro que debe ser decidir entre personas de diferentes edades, pero sí considero que desde Atención Primaria y Geriatría se debería haber dado un mayor soporte, y es posible que ciertas ayudas en muchos casos llegaran tarde.

Muy duro todo lo que nos cuentas. Sé que quizás esto es lo mas difícil y triste que hayas gestionado en la vida e igual esta pregunta es irrelevante pero, a nivel general ¿qué es lo mejor y lo peor de tu trabajo?

Lo mejor es el compañerismo, incluso dejando aparte conflictos anteriores, todo el mundo ha remado en la misma dirección. También destacaría el apoyo de quienes son mis jefes, digamos que esto les volvió mas humanos, dejaron de centrarse en las cifras para hacerlo en el trato y en mostrar apoyo al personal.

Lo peor es que toda la responsabilidad de cualquier cosa (hasta lo más absurdo) llega a ti, y nadie que no esté en este puesto lo puede llegar a entender. Y con esto no quiero decir que rehúse la responsabilidad, pero creo que se nos esta colocando el ojo del huracán cuando los trabajadores hemos hecho lo máximo posible en esta crisis.

Por último nos gustaría saber qué quieres reivindicar.

Creo que a muchas personas se les va a olvidar pronto lo que hemos vivido, porque nadie que no trabaje dentro de una residencia se imagina lo mucho que se ha trabajado para superar cada día esta situación. Yo le pediría a la prensa que dejase de hacer tanto daño, y a las familias que fueran más comprensivas porque se ha trabajado para que viesen día a día cómo se encontraba su familiar. Hemos invertido mucho tiempo y esfuerzo en videollamadas porque sabemos que es algo esencial para los residentes y sus familias.

Ante un posible nuevo brote, ya se está trabajando en mantener una sectorización en los Centros. Pero sí pediría a la Comunidad de Madrid un mayor apoyo y soporte. Se está hablando de medicalizar las residencias de personas mayores, esperamos que sea una realidad y no caiga en saco roto como muchas otras cosas.

No considero que haya que buscar culpables dentro de los trabajadores de la residencia, somos los primeros que hemos sufrido esta situación y que hemos acabado desesperados por las medidas que politicamente se han tomado. Es verdad que ninguna residencia estaba preparada para esto pero… ¿quién estaba preparado para una pandemia?.

Roberto Trabajador Social

2 thoughts on “Residencias. El otro lado del COVID-19.

  1. Los que hemos vivido en primera línea todo lo que ha pasado en las residencias entendemos perfectamente estas palabras. Yo, como educadora social, estoy orgullosa de todas y cada una de las personas que nos hemos dejado la piel en estos momentos tan difíciles. Ojalá este infierno traiga mejoras para que las personas mayores tengan un final de vida digno.

  2. Hay una parte de mí que dice que esto servirá para cambiar, reforzar plantillas y recursos públicos, evitar la privatización masiva y estructurar todo desde la prevención. Por otro lado, al igual que sucede con otras actitudes que se vieron en el confinamiento y que ahora no existen, todo pasará y será algo que quede almacenado en cualquier cajón del cerebro (el que tenga cerebro). Ojalá se opte por la primera opción

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