Me llamo Sara, tengo 31 años y soy mujer.

Nací en un barrio de clase media-baja de una ciudad pequeña, de una provincia pequeña en número de habitantes y grande en cultura y gastronomía. Como la mayoría de mi generación, me crié allí y hasta los 20 años formé parte de su idiosincrasia, participé de su ambiente, me envolví en sus olores, con sus gentes, me vestí con su bandera y me construí con sus vivencias. Mi querido barrio de una normalidad admirable, ostenta una copia semejante en cada ciudad de España y seguramente una historia como la mía, con otro nombre de mujer como protagonista.

Como iba diciendo, crecí en un barrio normal en el seno de una familia normal. Al criarme con un hermano mayor, de pequeña, jugaba a todo lo que él jugaba, quería todo lo que él quería y deseaba las camisetas de futbol con las que él vestía. Por mucho que mi madre se empeñara, la niña renegaba de los vestidos, las ‘Nancys’ y de ser una señorita bien peinada, pulcra y educada. Yo era más de cazar hormigas, llevar una riñonera llena de canicas y jugar al fútbol con mi hermano, que el pobre era portero y alguien le tenía que tirar los penaltis. Vamos, que pasé mi niñez siendo un chicazo, persiguiendo a los niños para jugar una ventana y montada en una minimoto de gasolina con una gorra hacia atrás porque mi padre, que igual no era tan normal como os lo he pintado, estaba convencido de que de entre sus hijos iba a salir el próximo Alex Crivillé. Imaginaos a esa madre normal, haciéndose cruces con semejante percal.

Pues básicamente esta fue mi crianza hasta la tierna edad de 9 años. Si me veías de lejos podría ser perfectamente, Arturo, Javier o Alejandro.¿Divertido? para mí bastante, ¿lo malo? que tenía que aguantar tres veces por semana que algún iluminado poseedor de la verdad absoluta me llamara machirulo en el recreo y que las niñas básicamente me repudiaran. Menos cuando había que hacer de la Spice deportista ¡entonces sí era mi momento!

A pesar de vivir en la sociedad de los 90, en la que el  modelo de crianza tenía claramente una versión de chica y una versión de chico, me acostumbré a la definición de masculino, me quedó cómoda la etiqueta y busqué mi zona de confort en ella, ya que me parecía mucho más divertida. Esto me mantuvo alejada de los primeros flirteos y de las primeras exigencias sociales como mujer. No tenia por qué tener el pelo brillante, estar guapa, tener pechos, o un buen culo -sí, porque los niños de 10 años ya hablan de tetas y culos-. Esas conversaciones me quedaban grandes y en el único momento que podía sentir que lo de ser una chica me iba a traer más problemas que a mis compañeros del equipo de fútbol sala del colegio era cuando nos cruzábamos con el señor del perro.

Normalmente mis tardes con 10 años se resumían en llegar corriendo a casa, hacer los deberes rapidísimo sin copiar nunca los enunciados, coger el balón  y quedar con Ana, mi compañera fiel en la vida: chicazo, machirulo y futbolista como yo. Una vez en el parque hacíamos lo que se espera de niñas-niño de 10 años, hasta que aparecía el señor del perro. Este individuo era un señor mayor típico a mis ojos, un abuelo cualquiera, un poco cojo, un poco chepudo, un poco mayor. Por sus problemas de inestabilidad se apoyaba el hombre en un bastón cuya empuñadura era una cabeza de perro tallada en madera, de ahí su mote. Pues bien el señor del perro se creía en la potestad de hundir su bastón en tu culo, o en tu vulva según el lado del que te cruzaras con él, al grito de “Guauu guauuu que te come el perro”, patochada que le reían siempre sus acompañantes. Solo se lo hacía a las niñas y sí, en 1998 era gracioso. Para él, claro.

Todo cambió el año de 1º de la ESO. El futurista nuevo milenio entraba fuerte y mi cuerpo no iba a quedar indemne a la evolución del momento. El última día de colegio de 6º de primaria me bajó la regla. Pasé de ser una niña-niño a una mujer. Todo mi entorno me llamó mujer cuando yo solo estaba preparada para pasarme el Pokemon rojo.

-Ya eres mujer. -¡Felicidades eres mujer. -¡Caray que mayor la niña ya se ha hecho mujer! ¿Pero qué coño pensabais que iba a ser, un cactus?
Madres y demás familiares del mundo: que todo tu entorno hable de que sangras por el chichi con 11 años da una vergüenza que te cagas.

Una vez superado el tema sangrado y besado a todas mis tías como la mujer nueva que era, tuve que decir adiós a mi etiqueta masculina y abrazar la feminidad que me olía asfixiantemente a incomodidad. Se acabó el ser un chicazo. Salí al mundo como una preadolescente con mi ropa de ‘DJs Band’, embalsamada en colonia de mora y creyéndome más sexy que la portada de American Beauty. Claro que ya estaban allí mis amigas para decirme que me parecía más al niño del sexto sentido. Porque sí, queridos lectores, ¡ya tenía amigas!.

El tiempo pasaba rápido. Yo seguía inmersa en la búsqueda de esa mujer de la que hablaban y no lograba encontrar, intentando encajar en lo que la sociedad de los estrenados 2000 esperaba de mí como chica. Intentando gustar: gustar a tus padres, a tus profesores, a los chicos, a tus amigas…Porque eso es lo que te voceaba la sociedad: tienes que gustar. Y yo, perdida. Perdida entre el confortable mar de mi infancia y el desconocido océano de ser una diva adolescente.

Y en este momento me encontré con ella. La primera, sin quererlo, sin buscarlo.

Por aquella época recibía clases en la escuela de música de mi barrio. Y allí iba yo, entre infante y diva, bajando la calle, posiblemente un martes de primavera a las 7 de la tarde y lo oí.
-Chiiiiisss, chiiiiissss.
Miré hacia atrás y no había nadie. Seguí caminando, lo volví a oir.
-Chiiiiisss, chiiiiissss.
Venía de arriba. Miré. En la ventana del segundo piso se apreciaba con claridad pasmosa la silueta de un hombre, tapado medio cuerpo por la persiana, desnudo y haciéndose una paja mientras me miraba.
Adiós, infancia. Me ha quedado claro que soy mujer, aunque no sé si me gusta.

Quiero dejar claro que todo esto pertenece a mi historia. Es solo una parte de una serie de relatos que pretende poner en contexto, contar la historia e ilustrar la pirámide del abuso. Concienciar de cómo pequeños actos, normalizados e incluso bien vistos desde una visión macro, tienen grandes consecuencias en una visión micro. La visión micro de una niña de 11 años que se siente avergonzada en un parque lleno de gente. Y sienta un precedente: a mí, niña, se me puede tocar y es gracioso.

Y sí, a lo mejor hemos avanzado mucho desde el año 1998, pero aún así seguimos criando a la infancia con etiquetas. Las palabras machirulo, marica, bollera, siguen siendo arma arrojadiza en los patios de los colegios, patios en los que no debería existir ninguna etiqueta. Desde una visión macro parece que la muy “cuñada” frase “siempre habrá cosas de niño y cosas de niña” sea válida e incluso inofensiva. Pero desde una visión micro, si yo le regalo al niño una espada y a la niña una cocinita, estoy dejando muy claros sus papeles incluso antes de que ellos sepan que tienen un papel. La educación no puede ser simplista. El espectro del género es muy amplio y la ropa que me gusta, los juguetes que uso, o la forma en la que me muevo no define ni mi género ni, por supuesto, mi orientación sexual.

Nuestra infancia sigue desprotegida y sigue saliendo muy barato abusar, crear clichés de género o marginar al diferente, en mayor o menor medida. Solo hace falta remitirse al famoso autobús de hace unos años, o acordarnos del debate político que se formó en torno a si era muy ético o poco ético abusar de una menor de edad en Aranda de Duero. Menor que se enfrentó a un segundo abuso por parte de los medios de comunicación.

Por eso me gustaría que reflexionáramos sobre esto. Nos tenemos que preguntar: ¿qué ha cambiado? ¿cuál es nuestro papel profesional en todo esto? ¿está la infancia realmente protegida?

Yo, desde luego, pienso que la protección empieza por tener competencias y presencia real en los centros educativos.

Sara, educadora de infancia y familia.

5 thoughts on “Todas las pollas que no quise ver. Parte I: Infancia

  1. No sé si ha tenido mayor impacto en mí la dureza de las realidades vividas o el reflejo en propia persona de haber sido aquella Sara de 1998 en 1992.
    Lamentablemente el » genero», esa palabra tan de moda en nuestra cotidianidad actual, sigue siendo el techo opresor que anula las voluntades de muchas personas.
    Ojalá Sara hubiera llegado a ser Alex Crivillé, igual de esa manera hoy estaríamos hablando de un pasado lejano que en 2020 no tiene cabida.

  2. Soy Educadora Social y sin quererlo suelo valorar la realidad con gafas de profesional. He de comentar que a pesar del avance en legislación, lamentablemente aún nos queda restos de material genéticos en nuestro interior que tienden a excluir a los demás.

  3. Se podría decir que en algún momento de nuestras vidas o quizás en todos, todas somos Sara. Hacemos leyes, creamos instituciones, teléfonos de ayuda, etc. pero no nos preocupamos en educar a los niños y niñas en la igualdad. Casi tenemos que dar las gracias porque un hombre nos mire de manera lasciva, nos llame guapa, tía buena o nos suelte cualquier otro comentario fuera de tono, de lo contrario sigues siendo una desagradecida, una rancia o una «malfollada». La sociedad no termina de entender que las mujeres no necesitamos que nos miren así por la calle, que nos hablen desconocidos, que nos intenten tocar o que nos enseñen sus pollas. NO!!, no lo necesitamos, de hecho nos parece repugnante!! Y si no invertimos en educar a los niños y niñas, semejantes situaciones se perpetuarán.

  4. Por no hablar de los logros de chicos y chicas en temas de ligues: ellos a más conquistas más machos, ellas a más conquistas más p… En fin….Lo peor es que a pesar del siglo en el que estamos y los avances que llevamos, este tipo de criterios aún viven…

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