Me incorporo a Servicios Sociales del Ayuntamiento de Madrid el 1 de septiembre de este turbulento 2020 y lo hago en un contexto marcado por una emergencia sanitaria y social por la COVID 19. La entrada es por la puerta grande: «Con esto del Covid está todo disperso y desorganizado». BIENVENIDA

Pero me gusta saber del pasado para entender algo del presente y  pregunto:  «¿Pero antes del Covid estaba todo organizado, existía un plan de formación para nuevos funcionarios, por ejemplo? 
Respuesta: la verdad es que no, pero bueno. Dejémoslo en el Covid.

¿Cómo me siento? En tierra de nadie, a medio camino de todo. Tengo una sensación constante de no llegar, de dejarme cosas por hacer, me falta tiempo, recursos y sobre todo apoyo. Estamos solas ante una emergencia social que no deja de crecer. Servicios Sociales debe atender a las personas que ya eran usuarias antes de la emergencia y acoger a aquellas que llegan de otros sistemas de protección que con la pandemia se han quedado obsoletos.

¿Cómo lo hacemos? Con mucho esfuerzo, trabajo y coste emocional. Pero por lo general nuestra respuesta llega tarde y generalmente es insuficiente. Como ejemplo, y para que me entendáis mejor, hablaremos del Ingreso Mínimo Vital, una política social necesaria pero que se decide comenzar en tiempos de pandemia. Esto conlleva un nuevo protocolo, formación y articular una serie de personal de la administración que lo gestione. ¿Estábamos preparados? En mi humilde opinión NO.

Pensaréis: «oye pues ya es criticar por criticar, si es una buena idea». Claro que es una buena idea, es una idea magnifica. Todos estamos a favor de dotar a las personas más vulnerables de unos mínimos ingresos que les permitan vivir con dignidad, pero si se hace rápido y mal se queda en un quiero y no puedo. Y que quede claro que nosotras, las trabajadoras sociales de zona, no gestionamos estas ayudas directamente, aunque muchas veces sí acompañamos en el proceso a las familias, y es en este acompañamiento, donde nos hemos dado cuenta de cuales has sido los mayores problemas de planificación de esta prestación:

  • Excesivo papeleo: te piden tu vida y obra y una lágrima de unicornio. De primeras crea una situación de angustia y ansiedad a la persona que lo va a solicitar. Además de que una parte de la población no es conocedora del lenguaje formal jurídico, por lo que tienen que pedir ayuda para la realización de la misma, colapsando muchas veces los Servicios Sociales. Dicho colapso sucedió en pleno periodo vacacional y con equipos ya saturados y desbordados en la demanda por llevar meses atendiendo los efectos sociales de la crisis del Covid.
  • Desinformación: Nadie sabe nada. La información y la falta de comunicación entre administraciones públicas es tan sonora que la mitad de las ayudas que hemos gestionado no sabemos si serán concedidas. Todo esto sin hablar de la convivencia con el RMI, ya que solo dieron 10 días para acreditar a la familias perceptoras de esta ayuda que habían solicitado el Ingreso Mínimo vital.

¿Y qué hago yo mientras deciden o no si las familias solicitantes cumplen unos requisitos? Pues tramitar, tramitar y tramitar. Estoy tramitando otro tipo de ayudas, ayudas de emergencia social, ya que la bendita prestación parece no llegar nunca (si Jane Addams levantase la cabeza no aguantaría el disgusto). Pero en realidad tampoco hago eso, porque realmente no se está dando ni una sola prestación porque hay atasco en alguno de los pasos. Mientras, la gente está en las mal llamadas «colas del hambre», que más bien deberían llamarse «la colas de la incompetencia política».

Ayudas sociales listas, completadas y enviadas, normalmente son devueltas porque la ayuda que se prometió para septiembre no está lista en noviembre ¿y diciembre? no se sabe. ¿Esta falta de planificación es consecuencia del Covid? A estas alturas ya sabréis la respuesta. 

La pandemia ha traído otras medidas positivas a simple vista. Véase el refuerzo histórico de personal en Servicios Sociales, del que no paran de presumir nuestros políticos: «Hemos incorporado X profesionales» dicen llenos de orgullo.  Histórico sería que la plantilla de trabajadores y trabajadoras sociales, educadores y educadoras sociales y administrativos/as estuviese al 100% y que fuera 100% público porque, por si alguien aún no lo sabe, encontrar un educador social no privatizado es más difícil que pedir la prestación y encontrar la lágrima de unicornio. Y todo esto sin hablar de los servicios sociales especializados, en su mayoría privatizados también, de esto ya ni se pone de excusa al Covid, simplemente nadie lo ha visto nunca. 

Y así están los empleados de la administración pública, que nadie niega que haya el prototipo típico de funcionario vago (como en todos los lados hay), pero hay mucha gente trabajando con todas sus fuerzas dentro de un sistema que les presiona desde las altas esferas, les apedrean desde el tercer sector, les apalean desde la opinión pública y reciben toda la frustración de las personas que llegan. Pero eso, al final,  no es importante, al final lo peor es vivir el dolor humano que se respira cada día, lo llevas contigo, el sentimiento de no poder hacer más.

Y entre todo esto se desvanece el Trabajo Social y ata de pies y manos al profesional, que no tiene espacio ni recursos para intervenir. Porque en este sistema no veo dignidad, no veo derechos, ni justicia social, veo parches que mantienen la miseria desde la frialdad y la violencia institucional. Mantiene a las personas con pocos recursos y sin el acompañamiento necesario para salir del círculo de la pobreza, pero no los deja lo suficientemente pobres, para así poder mantener el orden social y que no se rebelen.

VocesS Microfono

Trabajadora Social

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