Nos quemamos en el trabajo.

Estamos expuestos a sufrir el síndrome de burnout desde el mismo momento en que nos incorporamos al mercado laboral. Afecta a todas las profesiones y se da de manera más significativa en aquellas que se encargan del acompañamiento, atención y servicios a personas, como es el caso del Trabajo social.

A raíz de la declaración del estado de alarma comencé a investigar en profundidad en el proceso por el que estaban pasando muchos Trabajadores y Trabajadoras sociales en emergencias sociales, con personas sin hogar, gestionando el duelo en hospitales o cubriendo las necesidades básicas de miles de personas. Encontré muchos casos de profesionales trabajando contra reloj totalmente desbordados/as y con necesidad urgente de más recursos asistenciales. Esta sobrecarga profesional en la que se veían inmersos/as, estaba constituyendo un riesgo no solo para su propia salud, sino también para la adecuada atención de usuarios/as y su proceso de acompañamiento social. En muchos casos, no podían centrarse en la inclusión social por tener que dar prioridad a tareas de gestión telemáticas y trámites online, ejerciendo en algunos casos como meros tramitadores/as de prestaciones.

A partir de mi experiencia investigadora como Trabajadora Social y Antropóloga, he podido comprobar como la crisis Social provocada por el COVID-19 ha repercutido en el estado de salud de los y las Trabajadoras sociales contribuyendo a la aparición del burnout, caracterizado por agotamiento emocional, deshumanización y baja realización personal (Sopesens, 2005). Síntomas muy graves cuando, en el Trabajo social, el propio profesional es el recurso más importante para utilizar.

El Síndrome de burnout no aparece de un día para otro, sino que sigue un proceso de diferentes fases, que avanzan lenta, pero de forma continua, en la persona que lo padece, sufriendo alteraciones físicas, psíquicas y sociales de forma progresiva. Por eso es importante su detección y su tratamiento.

Desafortunadamente, hay profesionales del Trabajo Social como en otras profesiones que no saben que sufren este síndrome, que lo consideran como algo implícito dentro de la profesión o incluso lo perciben como algo “lógico” o “común” teniendo presente el contexto de crisis y/o el ritmo de vida acelerado. Y es que a veces nos quedamos anclados en situaciones de la vida cotidiana con un malestar que se prolonga en el tiempo y al que no le sabemos poner nombre, como pasa en algunos casos con el síndrome de burnout.

Aquí os cuento uno de ellos que forma parte de la muestra de esta investigación:

Carmen es una Trabajadora Social de 43 años. Era entusiasta en su trabajo, pero cada vez lo es menos. Está “desgastada”, dice. Su carga laboral a raíz de la crisis ha sido mayor, se encuentra con nuevos perfiles de usuarios y usuarias y demandas muy exigentes donde a veces no sabe cómo actuar al no existir un protocolo claro de actuación. La situación la ha sobrepasado, incluso ha sufrido vejaciones y un intento de agresión por parte de uno de los usuarios. No siente que tenga autoridad, y no ve que desde la administración atiendan a las necesidades que tienen la plantilla de Trabajadores/as Sociales. Ha aumentado el nivel de pobreza y siente no tener recursos para abordar las situaciones que surgen. Se ve impotente, y cree que tanto esfuerzo hecho, durante tantos años, con tanta ilusión, no ha sido valorado por la propia dirección del centro que no cubren las bajas ni tienen ningún tipo de respaldo ante las urgencias. Se ha sentido como una apaga fuegos y no ha podido más con esta situación que le ha afectado incluso a su vida personal perdiéndose y no disfrutando los momentos de valor con su marido y su hijo. Ahora está de baja laboral.

Está claro que este problema es mucho más profundo y que hay una parte que depende de nosotras, de dedicarnos tiempo, de autocuidarnos, pero hay otra, que depende de nuestros sistemas, organizaciones o entidades sociales. Hay que invertir en los y las trabajadoras, en políticas fuertes y que nos respalden. Hay que exigir que se empiece hablar de inversión, de políticas sociales, de refuerzo de plantillas o de municipalizaciones, temas que ayudarían a construir un ambiente más favorable de trabajo. Esta parte más política, mas común, se tiene que luchar y exigir desde la colectividad, pero hay otro trabajo, interno y personal, que podemos hacer con nosotros y nosotras mismas.

Si no te cuidas, al final te debilitas y ese edificio termina desmoronándose porque no tiene fundamento. Resulta urgente que las organizaciones sociales y las Administraciones públicas tomen como prioritario el autocuidado a nivel anímico y psicológico de los y las Trabajadoras Sociales considerándolos/as como el principal recurso a utilizar, esto va a influir positivamente en su salud, ganas de trabajar, aportará beneficios en la atención a los usuarios/as, mejorará la calidad de las intervenciones y el acompañamiento profesional, reduciéndose el número de bajas laborales por estrés o ansiedad, mejoraría el ambiente laboral, el trabajo en equipo… en definitiva, mejorarán los resultados donde todos y todas salimos ganando.

¿Qué tal si comenzamos a ver en esta crisis a los propios profesionales como el principal recurso a utilizar?

¿Qué tal si en vez de pedir trabajar bajo presión comenzamos a pedir trabajar bajo pasión?

¿Qué tal si en vez de duplicar el trabajo solicitamos refuerzo del personal y nos centramos en hacer políticas sociales que refuercen nuestro trabajo y no lo dificulten?

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Inmaculada Aparicio (@gabinetesocialycoaching)

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