TuuuuTuuuu… Suena el tono del teléfono. Tras un rato, descuelgan. Al otro lado está Virginia, de 89 años, que me dice sin mediar palabra: “Hola, Dani, ya te estaba esperando. ¿Qué tal, cómo estás?”. Comenzamos a charlar animadamente. Y eso que acaba de perder a su marido. No ha podido verle, ni siquiera sabe dónde está y la empresa aseguradora no puede decirle dónde se encuentra el cuerpo. Lleva varias semanas esperando que le manden las cenizas. Me expresa su dolor. La escucho sorprendido y admirando su fortaleza, y se lo expreso. Me dice que no queda otra, que hay que seguir para adelante, que la vida continúa, y que habrá que hacer de tripas corazón para seguir con la vida. Aprovecho para recordarle tantas batallas ganadas que ya me ha contado para que se dé cuenta de esa valentía y fortaleza que ha tenido en su vida, mientras sigo escuchando con respeto y en silencio el dolor de su historia. Está en una habitación de un centro, se siente sola, muy sola, y me dice que echa de menos a sus compañeras. Le pregunto si le apetece hablar con otras, consciente de la fuerza que tienen los iguales en la vida de una persona. Me dice que sí. Hago una llamada a tres -no videollamada, llamada a la antigua-, y entonces la algarabía se produce.

Petra, que quiere profundamente a Virginia, le pregunta qué tal está, le consuela, le dice que sabe que lo que le ha pasado es terrible, que no se sienta sola, que ella también perdió a su marido y que sabe que es lo peor que le ha pasado en la vida. Solloza, ante el silencio de Virginia, Margarita y mío, que asistimos a su discurso con respeto y cariño. Margarita, cuando termina, le dice que mucho ánimo, que lo siente. Virginia les da las gracias y les pregunta qué tal están ellas. Y le dicen, literalmente, que están jodidas. Hartas de estar en su habitación sin poder salir, con miedo, con angustia, sin poder ver a sus familias, oyendo que hay otras personas en el centro que están enfermas o incluso que han fallecido como su marido.

De algún modo, intervengo un segundo para llevar algo de calma al diálogo. Entiendo su dolor y trato de que no se confluencien y acaben peor de lo que están. Trato de hacerles llegar con el único instrumento que tengo, mi voz y mi tono, que de alguna manera saldremos de esta, que han superado mil y una cosas incluso más complicadas y, ante todo, que se tienen las unas a las otras y al equipo profesional. Parece que, de algún modo, les sirve. Tan solo necesitan expresar, compartir, comunicarse y recibir una palabra amable, como todos.

Virginia, enorme ella en medio de su dolor, me pregunta si, al final, he hecho las torrijas y que si he comido las lentejas que le prometí el día anterior que me haría, que me había enseñado ella a hacerlas. Le dije que las torrijas sí, pero las lentejas no. Les pido que me den sugerencias culinarias, con el objeto de tener una conversación totalmente centrada en su protagonismo y en temas más positivos que los que están flotando en el aire. Este virus ha dejado tocado a todo el mundo, también con el monotema.

Así nos tiramos cuarenta minutos. Cuarenta minutos que medidos en tiempo no son nada, pero en vida, encuentro y significatividad, son todo. Sé que esperan con ganas ese momento. Se despiden con un cariño profundo. Ninguna se conocía de antes, se conocieron en el centro… Ahora son familia, esa familia elegida. Casi no he hablado, y eso es maravilloso.

Me doy cuenta de que ser educador social es generar espacios de participación donde las personas sean protagonistas. Porque nosotros estamos y nos vamos, somos como el viento, que decía Miguel Hernández, nacemos para pasar soplados y dejar, tras nuestro paso, la siembra de la autonomía hecha, porque ellos, en esta pandemia, los mayores, también han demostrado, como Virginia, tras perder a su marido, cuán grandes son y cuánto tenemos que aprender y compartir de ellos y con ellos.

Dani Educador Social

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