Como cada vez que se produce un acto tan deleznable como la muerte de un niño o una niña, estos últimos días se ha levantado un gran revuelo en redes en torno a ciertos artículos que ponen en duda la existencia de una violencia de género. El posmachismo evoluciona rápidamente y aprovecha este tipo de sucesos para elaborar sus argumentarios (que parten de datos reales y evolucionan a condiciones erróneas) en contra del feminismo.

Cuando se habla de violencia de género, en la cabeza de mucha gente se forma la siguiente escena: la de un hombre que agrede a una mujer a la voz de «te mato porque eres mujer». Es difícil sostener esa imagen cuando la trasladamos a la realidad. En nuestro imaginario colectivo, no tenemos precedentes de que algo así pueda ocurrir: ni la ficción, ni la prensa, ni las posibles situaciones cercanas de las que podamos tener conocimiento, se desarrollan de esa manera.


Esperamos algo así porque, cuando se produce un delito de odio, el motivo se hace evidente . A las parejas de chicos gays que fueron atacados la semana pasada en Barcelona les dejaron claro en todo momento que la paliza que estaban recibiendo era «por maricones». También a estas personas les quedó muy claro el motivo de la agresión racista que sufrieron el pasado enero en el metro de Madrid. Asimismo, tras un atentado terrorista suele haber una reivindicación del suceso por parte del grupo que lo ha perpetrado, acompañada de una serie de demandas.

Sin embargo, a las mujeres no se las agrede a la voz de «te mato porque eres mujer». Les toca a las y los profesionales (personal de criminología, sociología, psicología, fuerzas del orden) recabar los datos y hallar patrones, para concluir que determinada violencia solo la sufren las mujeres por el mero hecho de serlo, en esta sociedad que socializa de manera claramente diferenciada a hombres y mujeres. Y, cuando las mujeres no cumplen a la perfección con el papel que se les ha asignado (pasividad, sumisión, obediencia, castidad, amabilidad…) corren el riesgo de ser agredidas por hombres a los que les han enseñado que el mundo es suyo y «su» mujer, más.
Estas agresiones son la punta de un iceberg de opresión y violencia institucionalizada que sufrimos las mujeres en esta sociedad patriarcal. Es el penúltimo nivel de una pirámide que culmina con los asesinatos machistas. Pero no son únicamente los datos de muertes de mujeres a manos de sus parejas o exparejas los que se toman para concluir que existe un sistema organizado de opresión contra la “otra” mitad de la población.

También está la brecha de datos de datos de género – falta de datos desagregados por sexo en las estadísticas de cualquier tipo de estudio -, la discriminación médica – la llamativa ausencia de mujeres en los estudios médicos y científicos -, la brecha salarial y laboral – en España está en un 21,92% -, el techo de cristal y el suelo pegajoso – solo el 1,81% de las asalariadas consiguen promocionar a puestos directivos, frente al 3,18% de los hombres -, los denominados «micromachismos» ocasionados por la concepción de la mujer como «la segunda» del hombre – mansplainning, manspreading, manterrupting… -, y, en general, la asimetría de trato que existe entre hombres y mujeres, donde ambos sexos salen perjudicados, pero de manera especial la mujer, que llega incluso a ser asesinada por ello, como estamos viendo.

Uno de los argumentos más empleados por el posmachismo para tratar de invalidar el término «violencia de género» es que cada año son asesinados más hombres que mujeres en España. Efectivamente, así es. Veamos las cifras de homicidios recogidas en el INE:

Pero, para hacernos una imagen completa, veamos ahora quiénes matan. Esto son datos del INE,
condenas a hombres por los siguientes delitos:

Veamos ahora las condenas a mujeres:

Dicho de otro modo, «el 62% de los homicidios son de hombres a hombres; el 28%, de hombres a mujeres; el 7%, de mujeres a hombres; y el 3%, de mujeres a mujeres». En el mismo estudio del que se han extraído estos datos, encontramos otros de gran relevancia: entre 2010 y 2012 hay datos de 24 asesinatos de bebés recién nacidos, cometidos por 12 mujeres y 9 hombres. «Principalmente lo que tenemos es fetos que aparecen en cubos de basura. Casos como el del niño Gabriel de Almería son muy excepcionales», dice José Luis González, coautor de dicho estudio .

No se pretende en ningún momento restar gravedad a los asesinatos de estos bebés, pero sí conviene señalar que las causas de los mismos tienen que ver, en su mayoría, con la psicosis puerperal y la depresión posparto cuando son cometidos por la madre. En otros casos se habla del rechazo en torno a la mujer que tiene un embarazo no deseado, el estigma familiar, la negligencia a causa de querer ocultar el embarazo, etc. Todo ello concluye que no se
puede establecer un patrón determinado, como sí ocurre en el caso de menores asesinados por sus padres con intención de hacer daño a la madre – violencia vicaria -. En un 60% de casos, el propio agresor se quita la vida – o lo intenta – para no sufrir las consecuencias de sus actos (datos que se pueden obtener fácilmente en el INE).

He realizado una búsqueda en la página INE acerca del tipo de delitos que se cometen por hombres y mujeres. Los datos son muy extensos para reflejarlos aquí, aunque cualquiera puede consultarlos en este link. Me imagino que quien lo haga encontrará llamativo que en la práctica totalidad de los diferentes delitos, las cifras de condenados son significativamente más altas que las cifras de condenadas.

En el año 2019 hablamos, por ejemplo, de 332.039 condenas a hombres y 80.532 a mujeres. Dependiendo de la categoría, la diferencia en las cifras de condenados puede incluso quintuplicarse con respecto a las de condenadas. ¿Dónde se acercan los datos entre unas y otras? En los ámbitos domestico y familiar: sustracción de menores (16 por hombres, 14 por mujeres) y otros delitos contra la relaciones familiares. No es descabellado que eso sea así, puesto que siguen siendo las mujeres las que desarrollan su vida en este ámbito en mayor medida, siguen siendo las mujeres las que ejercen los cuidados, las que pasan más tiempo con los y las menores y dependientes de la familia.


Todos estos datos no vienen a quitar importancia al hecho de que mueren niños y niñas a manos de sus padres y madres cada año en nuestro país, 108 menores en 10 años. Sin embargo, no debemos de dejar de observar el contexto en el que estos filicidios son perpetrados y, por grave que estos actos sean, no podemos permitir que dichas cifras se utilicen para demonizar a la mujer y para tratar de invalidar la violencia de género.

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